Por: Andrea Padilla Villarraga*
Calificar a un grupo de individuos como ‘plaga’ advierte, en voz de un gobernante, un propósito de exterminio; en el mejor de los casos, una animadversión. Así ha calificado el alcalde Peñalosa, en los últimos días, a las palomas que desde hace más de medio siglo se concentran en la Plaza de Bolívar. Otro embeleco estético, como el de los árboles.
Para justificar su decisión de acabarlas, Peñalosa le puso al Instituto de Protección Animal la incongruente tarea de hacer un informe en el que se afirma que las aves ensucian los edificios y causan problemas de salud pública. Por eso hemos visto a la directora de la entidad haciendo maromas para disfrazar el capricho del alcalde con argumentos de bienestar animal. (Algo similar a lo que ha tenido que hacer la directora del Jardín Botánico quien, para justificar el ‘arboricidio’ de su jefe, salió a hablar de un ‘plan de reforestación’).
Esto al Instituto le queda muy mal. Una cosa es identificar los componentes de un problema y armonizar las competencias institucionales en una política pública. Otra, muy distinta, perder de vista la misión de una entidad y hacer un sancocho de argumentos a ver cuál pega más. Es la Secretaría de Salud quien debería estar hablando de la salud de las personas y el IDPC del mantenimiento de los edificios. No la entidad cuya función es velar por el respeto y la protección a los animales. De ella querríamos escuchar como están atendiendo o van a atender las múltiples enfermedades que aquejan a las aves.
Además, las explicaciones que ha dado el Instituto de Bienestar Animal para argumentar que hay que dejar de alimentar a las palomas, son penosas.
En un comunicado del 10 de agosto, la alcaldía afirmó que, según el Instituto, las palomas sufren enfermedades “al alimentarse de diversas fuentes suministradas por humanos, como basura y comida en descomposición”. Esto es obvio. Basta con verlas hurgando entre deshechos, y a ellas mismas con tumores, entumecidas, sin una pata o con las patas tullidas. Pero ¿Cómo lleva este hecho a concluir que hay de dejar de darles maíz? ¿No es lo contrario? ¿No es más sensato plantear que en la medida en que se les provea alimento ellas dejarán de comer basura y así mejorará su salud? ¿No habría que empezar, más bien, por mantener limpia la ciudad?
La segunda explicación es todavía mas absurda. Dice el comunicado que, según el mismo informe, “las palomas renuncian a sus comportamientos naturales y comienzan a depender del humano al tener comida de fácil acceso”. Acaso ¿Cuál es el “comportamiento natural” de aves que, por su misma condición de domésticas, han aprendido a convivir con las personas y a depender de ellas para su subsistencia? ¿De qué modos “naturales” podrían alimentarse aves en entornos urbanos en los que no hay fuentes de alimento distintas a las que les proveemos? De hecho, las palomas son aves sinantrópicas porque habitan en ecosistemas antropizados, o sea, creados por seres humanos, y se han adaptado a sus condiciones ambientales. Entonces ¿Por qué cortarles el “fácil acceso” al alimento?
En lo que sí estamos de acuerdo los defensores de animales con el Instituto, como lo venimos señalando desde hace años, es en que hay que controlar la población de palomas. Pero éticamente y con responsabilidad, no matándolas de hambre ni condenándolas a desperdicios.
Para hacerlo bien, basta con aprender de las experiencias de otras ciudades y escuchar a los que saben. Por ejemplo, Barcelona está desarrollando un programa de ‘control ético de las palomas’ que avanza satisfactoriamente. En París vienen instalando ‘palomares anticonceptivos’ por ser “una solución sostenible y eficaz, dentro del máximo respeto a la vida animal”. ¿Por qué no hacerlo en Bogotá? ¿No se precia Peñalosa de aprender de las grandes ciudades?
La semana pasada, este medio de comunicación publicó las declaraciones de la profesora Claudia Brieva, coordinadora de la Unidad de Rescate y Rehabilitación de Animales Silvestres (URRAS) de la Universidad Nacional de Colombia. En ellas, la investigadora afirmó que en Bogotá podrían emplearse anticonceptivos y el método de sustracción de huevos de nidos, como se viene haciendo en aquellas ciudades. Estos métodos consisten en generar puntos de alimentación para proveerles a las palomas el pienso esterilizante y concentrar su anidación.
Así, se cumple el objetivo principal que es controlar su natalidad y, a la vez, se evita que aniden y defequen en todas partes, se les provee alimento de calidad para reducir sus afectaciones de salud, y se concentran para atender a las que están enfermas a causa de la basura que hoy se ven forzadas a ingerir.
Sin embargo, en el Instituto han afirmado que ni los palomares, ni el pienso esterilizante son viables porque podrían afectar a otras aves ¿Con qué fundamento rechazan estas opciones? ¿O es otra impresión, como la de Peñalosa al afirmar que “alimentar a las palomas en la Plaza de Bolívar está generando sobrepoblación”? Al respecto, la profesora Brieva advirtió que no se puede hablar de ‘sobrepoblación’ de palomas mientras no se realice un censo, puesto que podría tratarse “solo de una percepción”.
Las palomas de Bogotá se reúnen en su plaza principal, como ocurre en cualquier ciudad del mundo. De hecho, es un gusto verlas en la ‘Grand-Place’ de Bruselas, considerada la más bella de todas. Por supuesto, hay que atender sus necesidades y los problemas que ocasionen. Pero con conocimiento y humanidad.
@andreanimalidad / Candidata PhD en Derecho de la Universidad de los Andes. Vocera en Colombia de AnimaNaturalis Internacional