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Para borrar a Obama

09 de enero de 2017 - 09:00 p. m.

Para ser alguien que pronto dejará de ser, el presidente Barack Obama está en todas partes. Sintiendo “el alado carro del tiempo acercándose presuroso”, como diría el poeta, Obama está aprovechando hasta el último minuto de su Presidencia para asegurarse de que Donald Trump no la vaya a borrar por completo.

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Por Timothy Egan

Es una tarea que tiene un punto de vanidad. ¿Qué presidente no quisiera dejar su huella en la historia? Uno liberó a cuatro millones de esclavos. Otro creo los parques y bosques nacionales, legándoles a todos los estadounidenses un rico tesoro de tierras públicas. Otro más aplastó a los nazis, desde su silla de ruedas y estando a punto de morir.

¿Y Obama? Él le lega al próximo presidente “el periodo de expansión económica y de creación de empleos más largo de la historia”, como observó mi colega Andrew Ross Sorkin. Trump, el gallito colorado que se atribuye la salida del sol, ya trató de apoderarse de una parte de ese logro como si fuera suyo. Gracias, Obama. Pero es muy probable que Trump lo eche a perder, posiblemente con una guerra comercial o con una reducción de impuestos que destroce al presupuesto.

Trump ya ha coqueteado con la traición, se ha burlado de las reglas que tratan de evitar los conflictos de intereses, ha intimidado a los disidentes y descartado los consejos de curtidos servidores públicos. Todavía no ha celebrado una sola conferencia de prensa desde que ganó la elección. ¿Y cuántos días han pasado sin que cumpla su promesa de “rebelar cosas que nadie más sabe” sobre la interferencia de Rusia en las elecciones de Estados Unidos? Quizás está esperando que desde el Kremlin alguien le susurre sus instrucciones.

En preparación de su discurso de despedida la próxima semana, el presidente ha tratado de proteger de Trump un pacto sobre el clima que obliga al segundo productor de contaminantes, Estados Unidos, a hacer que este planeta nuestro sea menos peligroso para los hijos de Sasha, de Malia y de Ivanka. Trump ha prometido que actuará por su cuenta en cuestiones ambientales, tan pronto como le sea posible.

Mientras no tome posesión, Trump no es más que un anciano muy susceptible de 70 años con una cuenta de Twitter. Pero el 20 de enero se convertirá en lo que Grover Norquist deseaba que fuera un presidente dócilmente conservador: “Un republicano con los dedos necesarios para manejar una pluma”.

Con esa pluma, el flamante presidente podrá quitarles el seguro médico a 20 millones de estadounidenses, dejar a Wall Street en libertad de especular de nuevo y destruir las cosas para los demás, y obligar a las escuelas a que permiten portar armas en el salón de clases. Sí, todas esas fueron promesas de campaña.

“Hacer que Estados Unidos se enferme otra vez” es el lema que dio a conocer el senador Chuck Summer, que para enviar mensajes negativos es mejor de lo que es Obama para enviar mensajes positivos. Pero quienes podrían perder más son los simpatizantes de Trump. La ley de atención médica accesible ha salvado incontables vidas en los estados republicanos y ha frenado los costos médicos.

Entonces, ¿por qué botarla sin tener nada con qué reemplazarla? Solo para fastidiar al tipo que va de salida.

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La intención de los republicanos, dispuestos a pelear por la agenda más conservadora que se haya visto en casi 100 años, es actuar como si Obama jamás hubiera existido. No pasará mucho tiempo para que Jauja se vuelva una villa miseria.

Trump les recortará los impuestos a los ricos, y a quienes nacieron en cuna de seda, les eliminará un impuesto a las herencias que fue una de las soluciones de Teddy Roosevelt para combatir las desigualdades. También podría quitarle el financiamiento a Planeación Familiar, el único recurso que tienen las mujeres pobres de detectarse el cáncer a tiempo. También podría deportar a los “Dreamers”, más de 740.000 jóvenes sin documentos a los que se les permitió obtener permisos temporales de trabajo y estuvieron protegidos de la deportación por Obama.

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En su primer día en el cargo, Trump “revocará hasta la última de las órdenes ejecutivas de Obama”. Esa promesa la hizo el vicepresidente electo Mike Pence. Obama emitió 270 órdenes ejecutivas, muy por debajo de las emitidas por Ronald Reagan, Dwight Eisenhower, Harry Truman, Franklin Roosevelt e incluso por ese baluarte de los conservadores, el silencioso Calvin Coolidge.

Una de las órdenes de Obama protege de discriminación a los gais en el sistema de contratistas del Gobierno. Otra les prohíbe a los empleados federales enviar mensajes de texto mientras van manejando el auto. Hay sanciones contra delincuentes, mafiosos y otros monstruos internacionales, así como aumentos de sueldo de los empleados federales que ganan menos que los que hacen el mismo trabajo en el sector privado.

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Y escuche bien: revocar “hasta la última de las órdenes ejecutivas de Obama” obligaría a Trump a echar abajo cuatro eductos que les permiten a los trabajadores federales salir temprano el día de la víspera de Navidad. ¿Qué dirán de eso los descerebrados de Fox News que hablaban de la guerra contra la Navidad y que recientemente declararon el conflicto concluido y ganado por el bando de san Nicolás?

Obama deja el cargo con el índice de aprobación de su desempeño más alto en cuatro años. La mayoría de los estadounidenses lo estiman y les gustan sus políticas. Trump asumirá el puesto con el índice de aprobación más bajo en casi un cuarto de siglo. Casi la mitad de los estadounidenses no lo quieren y, por supuesto, no olvidemos que obtuvo tres millones de votos menos que Hillary Clinton.

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La mayor parte de la agenda de Trump —construir el muro en la frontera, bajarles los impuestos a los ricos, intensificar la perforación de petróleo y gas a costa de combustibles alternativos, quitarle el seguro médico a gran cantidad de estadounidenses— tiene la oposición de la mayoría. Trump borrará el legado de Obama bajo su propio riesgo.

Lo que no podrá hacer es borrar la huella que dejó el hombre: un presidente mesurado y racional, un padre y marido dedicado, que está dejando al país en mucho mejores condiciones, dejando atrás un cargo sin la menor huella de escándalos personales.

(c)2017 New York Times News Service

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