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«Piratas», otras cifras que mueve el fútbol

29 de octubre de 2014 - 09:14 p. m.

Le decían La Zarka. Y se llamaba Wendy.

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Murió hace tres semanas en Puerto Salgar mientras viajaba a ver un partido de su equipo que enfrentaría en Ia ciudad de Ibagué al Deportes Tolima.

La Zarka con escasos 20 años engrosó a 36 la cifra de hinchas del Atlético Nacional y del Independiente Medellín, que han perdido la vida en las carreteras colombianas en los dos últimos años.

Hace tan pocos días, también tuvo su último y definitivo viaje Camilo Vásquez quien solo tenía 14 años. La Zarka y “Camilito” hacían parte de una rara especie que comienza a hacer parte de los paisajes colombianos. Se hacen llamar “Piratas” porque viajan “piratiando” en algún carro, muchas veces malcolgados en la parte trasera de los vehículos sin que si quiera el conductor sepa que van en él.

Pese a la precariedad de los viajes, -o quizá por ello- en las redes sociales hablan de sus proezas y sus pares hinchas los destacan como los grandes, los inmortales, los “chachos de la película” que temerarios arriesgan su vida –la ofrendan- al equipo amado. “Piratiando”, inician recorridos desde el lunes o martes para alcanzar a llegar a ver al equipo en la jornada del fin de semana. “Piratiando” con tan poca comida en el estómago, muchas veces drogados o alicorados, cansados, se duermen y se caen de los vehículos y estos mismos casi siempre los golpean con sus carrocerías o les pasan sus llantas por encima como ocurrió con la Zarka.

Tres docenas de chicos muertos en los dos últimos años –faltará hacer un consolidado nacional- y son más –o deben ser más- que meras cifras. Pero ni eso son, porque aún estas muertes no ocupan titulares ni son importantes para la opinión pública.

Sobre la muerte de estos chicos no se dice mucho, pero dicen tanto. Dicen de nosotros como sociedad y como Nación. Estos chicos mal comidos, desprovistos de dinero, arriesgando su vida o su integridad física hablan de una sociedad que no les ofrece alternativas de futuro y de unos chicos que no luchan por asuntos verdaderamente importantes para sus existencias, de la ausencia de proyectos visionarios como personas, de la crisis de familia, de la falta de oportunidades.

¿Y dónde están los papás? Preguntó alguien que recientemente leía la historia de “Camilito”. “Yo no podía amarrarlo”, contestó también la mamá cuando le indagaron por su muchacho.

La muerte de estos chicos dice pues de unas autoridades que parecen no existir pues ellos son muy visibles en las carreteras y en cualquier retén o peaje, deberían ser detenidos o mandados a sus sitios de procedencia.

La Zarka y los otros chicos que han muerto en estos dos últimos años son un autogol como sociedad, sobre lo cual bien valdría la pena la discusión, antes de que la cifra siga aumentando.

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