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Planeación ilusa

09 de septiembre de 2013 - 03:28 p. m.

El alcalde Gustavo Petro decidió expedir por decreto la modificación del Plan de Ordenamiento Territorial (POT), a pesar de haber sido negado en su trámite en el Concejo.

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Aunque hoy se discute la legalidad de esta acción, la obsesión del alcalde con su versión de POT lleva a reflexionar sobre la pertinencia y efectividad de esta herramienta moderna.

El arquitecto Alberto Saldarriaga Roa en el año 2000, en su libro Bogotá siglo XX. Urbanismo, arquitectura y vida urbana, hace un balance sobre los diferentes planes que ha tenido la ciudad. Al respecto señala que “entre 1923 y 1990 se elaboraron quince planes distintos para Bogotá, lo cual da un promedio general de vigencia de un plan de cuatro años y medio. Entre 1945 —Plan Soto-Bateman— y 1990 —Acuerdo 6— se formularon trece de esos planes, lo cual disminuye en este período el promedio de vigencia de un plan a tres años”. A esto se debe agregar el POT de 1997, que ha tenido un par de revisiones.

En los diferentes planes es posible encontrar que cada uno intenta proponer diferentes patrones de zonificación y uso del suelo, jerarquizar vías, inducir el crecimiento de la ciudad, definir áreas de protección ambiental y recuperar el centro. Asimismo, llaman la atención sobre la necesidad de poner en marcha un sistema de transporte masivo y articular el desarrollo de Bogotá con la región. Si estos temas son recurrentes, entonces, ¿qué es lo que está fallando? Saldarriaga afirma que “la inestabilidad de los planes y la corta duración de su vigencia son factores que llaman la atención y que explican, en parte, el desarrollo errático de la ciudad”.

Sin embargo, considero que el problema es más profundo. Los planes propuestos reflejan los sueños fundadores de políticos y técnicos que intentan construir una ciudad que se ajuste a modelos o imaginarios, pero que ignora a la ciudad real. Por eso no se ha frenado el crecimiento, ni erradicado la informalidad, ni acabado con la inequidad, ni resuelto otros problemas. Bogotá no será ni el París de Haussmann, ni la Nueva York de Moses, ni la Brasilia de Niemeyer.

Bogotá será resultado de sus propias realidades, de la vitalidad de su gente y de liderazgos generosos. Más que planes, la ciudad necesita acciones concretas que ayuden a construir el camino, que potencien lo que somos. Una ciudad como la nuestra no puede ser ordenada, pues en su aparente caos está su gran fuerza.

 

 

Fernando Rojas*

 

 

 

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