Casi una década después de la denominada Revolución Naranja, Ucrania vive una situación prerrevolucionaria, esta vez por cuenta de su política exterior y concretamente por la posible firma de un acuerdo de asociación con la Unión Europea.
La historia reciente de Ucrania es convulsa, basta recordar que en 2004 y ante un evidente fraude que favorecía al hoy presidente Víctor Yanukóvich, se produjo un movimiento civil que exigió la repetición de las elecciones que terminaron en la victoria del candidato proccidental Víctor Yushchenko. No obstante, esa revolución fracasó ante la imposibilidad de lograr niveles mínimos de cohesión en el seno de la misma. Pudieron más, en ese momento, las disputas entre el entonces presidente Yushchenko y la exprimera ministra Yulia Timochenko (hoy acusada de abuso de poder). En medio de semejante ambiente de decepción, luego de unas expectativas desmesuradas por lo que debía significar el movimiento naranja (momento que de forma precisa Vaclav Havel denominó desilusión postrevolucionaria refiriéndose a la situación ucraniana), Víctor Yanukóvich volvió a la presidencia en 2010.
Se trata de un político cercano a Moscú y cuyo Partido de las Regiones ha preconizado un acercamiento a Rusia que se ha combinado con impasses a causa del tema del gas, uno de los principales instrumentos de Rusia para ejercer influencia en Europa. Algunos lo ven como un enemigo de la democratización que Ucrania debía emprender en 2004. Pero se debe recalcar que cuenta todavía con un apoyo importante de la población, especialmente al Este del país.
La crisis actual tiene al menos dos ingredientes. La posibilidad de acercamientos de Ucrania con Occidente, que Moscú ve con inquietud, y la condena contra Yulia Timochenko, percibida en Europa Occidental como una prisionera política del régimen. En cuanto a lo primero, aquello evidencia que aún las tensiones entre Europa Occidental y Rusia por conseguir aliados en la zona, no están del todo resueltas en la Posguerra Fría. En el pasado reciente, Georgia y Ucrania intentaron ingresar a la OTAN, pero en su momento pesó más la influencia de Moscú sobre Europa y Estados Unidos, para que la alianza transatlántica desistiera de incorporarlos. Indudablemente, se trataba de un pulso que Moscú le ganaba a Estados Unidos y a Europa. Sin embargo, la posibilidad de asociar de alguna forma a Ucrania a la UE (aunque la probabilidad de membresía muy baja) recrea la rivalidad y pone de manifiesto que Rusia aún no tiene en su haber a Ucrania. Si Víctor Yanukóvich no firma el citado acuerdo de cuarta generación con Europa, el país puede quedar a la deriva, con una juventud frustrada por el fracaso de la Revolución Naranja y con sed de reivindicación. Y con respecto al tema Timochenko, es claro que Ucrania está acorralada internacionalmente, por un asunto que poco a poco ha ganado trascendencia y que en redes sociales gana adeptos sin cesar.
Con este panorama es difícil que Ucrania vuelva a la normalidad en el corto plazo. Yanukóvich debe decidir entre su relación con Rusia vital para la economía ucraniana (Moscú ha amenazado con retaliaciones si se firma el acuerdo con la UE), y Occidente, actor esencial para su proyección internacional. Un dilema presente en la historia ucraniana de las últimas décadas.
Mauricio Jaramillo Jassir ** Profesor U. del Rosario