La crisis económica y financiera de algunos de los 27 Estados de la Unión ha formado un escenario apocalíptico.
El 9 de mayo de 1950 el ministro de asuntos exteriores de Francia Robert Schuman pronunció la declaración que lleva su nombre, sentando así las bases para el proceso de integración europeo que, a pesar de las imperfecciones y las dificultades económicas y financieras que aquejan a varios estados miembros, ha traído más beneficios que tropiezos, aunque ello no signifique que se requieran reformas que aseguren su estabilidad en el largo plazo.
La audaz propuesta de poner en común la producción del carbón y del acero entre Francia y Alemania, junto con Italia, Bélgica, Países Bajos y Luxemburgo, aseguró un espacio de paz y solidaridad que se ha enriquecido con otras políticas comunes que poco a poco, y manteniendo el principio de realizaciones concretas, ha colocado a la Unión como un actor fundamental en materia comercial, de cooperación y de integración.
Desde sus inicios el proceso ha estado abierto y fruto de las realizaciones alcanzadas, como un mercado interno de casi 500 millones de habitantes, hoy cuenta con 27 estados y se espera que el próximo 1 de julio se sume Croacia como miembro 28. En este sentido, la superación de los antagonismos políticos, económicos e ideológicos a través de la integración sectorial y gradual, es ejemplo de confianza, solidez y fortaleza en el proceso comunitario.
La transferencia de derechos soberanos de los estados miembros hacía las instituciones comunitarias en diversos sectores (comercial, agrícola, transportes, entre muchos otros), ha llevado a que estas desempeñen un rol esencial en la acción política, económica e internacional, sin que ello signifique que los Estados hayan desaparecido o no sean importantes. Por el contrario, la participación de los estados y de otros actores políticos, como los partidos políticos, las organizaciones de la sociedad civil y los ciudadanos mismos, ha configurado un modelo incluyente, participativo y en constante evolución.
A pesar de lo anterior, pareciese que la crisis económica y financiera que fustiga a ciertos miembros por no haber sido lo suficientemente disciplinados en tiempos de auge económico, se ha formado una tormenta perfecta para que la Unión deje de existir. Las protestas sociales, la incapacidad de reactivar con fuerza el crecimiento económico, el peligro del incremento de la brecha entre países ricos y pobres y el auge del nacionalismo, son algunos elementos que sin duda deben ser atentados por las autoridades comunitarias, nacionales y regionales para que se puedan seguir celebrando muchos más días de Europa y el lema de unidos en la diversidad, siga siendo un referente internacional.
*Rafael Piñeros Ayala, Docente e investigador, Universidad Externado de Colombia