La primera vez que escuché música del Pacífico colombiano, digamos, a plena conciencia, fue cuando un amigo me mostró el disco Esto sí es verdás, del maestro de la marimba de chonta José Antonio Torres, Gualajo.
Tengo el recuerdo fresco del momento en que saqué el disco de la cajita, miré la fotografía de una mano de raza negra sobre un cununo, lo puse en el Discman (sí, aún existían) y me llegaron a los oídos las primeras notas de la marimba de chonta y la voz que cantaba La luna está floreciendo… El estremecimiento fue total.
Claro, antes habían pasado los discos rumberos del grupo Bahía y el experimento electrónico de Liliana Montes llamado Corazón Pacífico. Y por cultura general tenía en la memoria la grabación clásica de Mi Buenaventura de Peregoyo y su Combo, que, dicho sea de paso, compuso Petronio Álvarez. Pero el sonido de Gualajo era distinto: tenía una pureza hermanada con el trance hipnótico, algo que conectaba con eso que el escritor Jean Cocteau encontró en el blues a comienzos del siglo XX y que llamó “la poesía popular auténtica”.
En ese momento tomé la decisión de viajar a conocer de cerca, en vivo, a los principales exponentes de esta música. Y encontré en el Festival de Música del Pacífico Petronio Álvarez esa especie de Olimpo donde se reúnen todos los años los principales artistas del currulao, el bunde, la juga, el aguabajo y todos esos ritmos mágicos. En los años 60 el grupo de rock Grateful Dead se distinguió por tener unos fans que viajaban con ellos a todos los conciertos, los dead-heads. Yo me he convertido, desde hace casi una década, en un dead-head del Petronio. Allí he llegado todos los años (con excepción del pasado, que coincidió con el nacimiento de mis hijos) y he visto la evolución, el crecimiento y los consecuentes cambios de escenario: del teatro Los Cristales a la plaza de toros, al estadio de fútbol, al complejo deportivo. Incluso hubo un año en que fui jurado, pero de eso no quiero acordarme.
¿Qué puedo decir? Los días en que transcurre el Petronio son quizá los días del año en que me siento más feliz. Es una rumba en el sentido pleno, trascendente, del término. Una rumba de cinco noches donde rondan la hermandad, la alegría espontánea, las buenas vibraciones de las tablitas de chonta, los resonadores de guadua, las semillas de los guasás, el cuero de los cununos. A riesgo de ponerme esotérico, declaro que estoy convencido de que el currulao purifica el alma. Por eso viajaré también este año. No por el concurso. Por la pura música.