El día de mi cumpleaños decidí compartirlo con mi novia en un romántico paseo al Parque Nacional.
Solitarios, nos dejamos llevar por la carrera Séptima con un par de cervezas alemanas encima y un cálido clima. Todo iba de maravilla, hasta que vi a un hombre acercase hacia nosotros y le dije a mi novia: “Aquí fue…”. Ella contestó: ¿Aquí fue qué? No se dio cuenta de qué ocurría hasta que el ladrón se nos acercó y nos amenazó con un largo y afilado cuchillo carnicero. La situación se calentó, nos gritaba y amenazaba que le diéramos todo lo que teníamos, así que yo le ofrecí una cerveza y le pedí que se calmara, que todo estaba bien.
Le ofrecí mi teléfono Blackberry y hasta con el cargador. Pero a medida que nos gritaba me percaté de que tenía un leve acento paisa. Así que empecé a responderle con un marcado acento y mi mejor esfuerzo actoral, que al cabo de un tiempo despertó interés en el asaltante, quien me preguntó de dónde era. De ‘Medallo’, respondí.
Fue un golpe de suerte, él también era de Medellín. Su semblante cambió, dejó de amenazarnos y nos compartió su problema económico más inmediato: “Necesito $50.000 barras, hermanito”. Le dije que lo iba a ayudar, así que le volví a ofrecer el celular, pero me contestó que necesitaba la plata. Busqué en mis bolsillos y solo encontré $10.000, pero mi novia tenía un poco más, así que le dimos $35.000. Agradeció y se fue por donde llegó. Quedé con la extraña sensación de no saber si aquello fue un robo o un préstamo forzado.
* Las crónicas en este espacio han sido escritas para El Espectador por estudiantes de la revista ‘Directo Bogotá’ de la Facultad de Comunicación de la Universidad Javeriana.