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¿Puede Valérie seducir a los franceses?

20 de julio de 2013 - 05:00 p. m.

Resulta desorientador ver a los franceses intentando ser amables.

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No te desprecian tanto cuando intentas probar tu francés simplificado. La primera primera dama soltera de Francia, Valérie Trierweiler, está conduciendo una ofensiva mundial de encanto en un esfuerzo por escapar a su apodo, “La Rottweiler”. Además, la elegante exprimera dama Carla Bruni-Sarkozy está promoviendo las virtudes de ser genial conforme promueve intensamente su último CD de canciones francesas con muchas respiraciones y su marido insinúa sin aliento que volverá.

“Me siento mejor cuando soy agradable”, le dijo Carla al The Daily Beast.

Como escribe Elizabeth Becker en “Overbooked”, los esnobs franceses se muestran ambivalentes con respecto a ser el principal destino del siglo XXI. El antiguo Imperio Napoleónico está un poco avergonzado de su dependencia de algo tan mullido como el turismo. Sin embargo, el empleo y la inversión extranjera se están disparando, así que los franceses están obligados a apoyarse en su “encantador deleite” en las palabras de Mark Twain. Tristemente, deben poner la cara bonita.

La ciudad de París publicó un folleto de seis páginas titulado “¿Habla usted turista?”, para ayudarles a choferes de taxis, empleados de restaurantes, hoteleros, personal de museos y comerciantes a que atraigan a diversas nacionalidades.

Los estadounidenses, aconseja el manual, deben tener sus lujosos hoteles con wi-fi y la cena a las 6 de la tarde; a los españoles les encantan los “regalitos”, parques de diversiones y cena entre 9 y 11; los japoneses se inclinan y desean garantías, pero se quejarán cuando lleguen a casa si las cosas no estuvieron bien; los alemanes exigen limpieza; a los chinos les gusta una “simple sonrisa” mientras se marchan a un día de compras de lujo; y los brasileños son táctiles “y quieren una experiencia totalmente poética”.

El intento de seducción de Trierweiler llega tras un difícil comienzo. La bonita pero enojona mujer de 48 años ayudó a transformar al presidente François Hollande, de ser un ‘torpe’ que montaba su bicicleta y carecía de confianza, porque estaba compitiendo en política socialista con su luminosa pareja, Ségolène Royal. Sin embargo, en la noche de elecciones del año pasado, los franceses se percataron del rayo de celos de Valérie cuando Hollande caminó a través del escenario para agradecerle a Ségolène, y la posterior exigencia de Valérie de que la besara a ella en los labios.

Después, envió un desagradable tuit cuando Paris Match, su empleador, la cubrió como a cualquier otra primera dama y creció una reputación de arrogancia.

Ella era ridiculizada como “la primera novia” en un país que aún quiere reyes y reinas que así lo parezcan. En comparación con su felina predecesora, Carla, Valérie fue catalogada como más maliciosa. Tuvo que disculparse por un mensaje de Twitter en el que apoyó al oponente de Royal, el candidato oficial de los socialistas, en las elecciones legislativas, y Hollande fue ridiculizado por no ser capaz de controlar a sus mujeres, o a Francia.

“No es un triángulo armonioso”, dijo un periodista galo, dejando salir un suspiro.

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El mismo Hollande, quien enfrentó la ira de defensores tradicionales del matrimonio por legalizar el matrimonio entre homosexuales, evadió la tradición. No se casó con Royal, la madre de sus cuatro hijos. Y, aunque lleva a Trierweiler en viajes oficiales y divide su tiempo con ella en el Palacio del Elíseo y un apartamento en el decimoquinto arrondisement, no la ha salvado de la incómoda posición de ser una primera dama soltera.

Una caricatura política presentaba a Valérie pidiéndole a Hollande que contrajera matrimonio con ella y a él contestándole: “¿Crees que soy gay o qué?”.

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En los primeros cinco meses, Trierweiler ha dado su mejor esfuerzo por impresionar a los franceses, lanzándose de lleno a causas como el autismo o la violencia doméstica en contra de los menores. La semana pasada viajó al Congo, donde visitó un hospital para reunirse con mujeres que habían sido violadas por miembros de milicias.

Le Point, semanario de tendencia conservadora, dijo que la operación de Valérie, “Operación Ganármelos”, era una misión imposible, notando que ella es objeto de desagrado más universalmente que el desafortunado Hollande, el presidente más impopular en la historia de la Quinta República.

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Los críticos conservadores de ella dijeron que le estaba costando demasiado al despojado contribuyente fiscal, dado que ni siquiera está casada con el presidente, pero resultó que Carla costó más. Un heredero de una cadena de supermercados, Xavier Kemlin, entabló cargos en contra de Trierweiler por malversación de fondos, argumentando que “nuestros impuestos” no deberían pagar “la casa, la comida, el personal y los viajes” de una mujer a la cual ve como no más que una amante oficial.

En el desfile por el Día de la Bastilla, donde Valérie estaba radiante en un vestido rosa y una gran sonrisa, algunos manifestantes opuestos al matrimonio gay ondeaban una pancarta que leía: “Valérie: ¿esposa, concubina o chica? Físicamente, el presidente debe escoger”.

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En una reciente entrevista por televisión con Alessandra Sublet, Trierweiler ofreció fragmentos del tipo de “Sigo lavando la ropa de mis hijos” y “Aún aspiro a veces para relajarme”. Reconoció que había sido difícil pasar de observadora a observada; tuvo que renunciar a su empleo como importante reportera de política en Paris Match y mudarse a la sección de cultura.

Ella pasó por alto el comentario de Carla a Maureen Orth, de Vanity Fair, sobre su estatus conyugal en cuanto a que “no es fácil estar casada” en el papel.

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Cuando le preguntaron si ella y Hollande contraerían matrimonio, Valérie respondió: “¿Para qué? Compañero es una palabra realmente bonita, porque significa que nosotros nos acompañamos. Nosotros estamos juntos porque nos amamos y no porque tenemos que estarlo porque estamos casados”.

* Columnista de ‘The New York Times’.

The New York Times 2013

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