Pedro Abelardo, maestro en teología, genio en lógica y graduado con honores en gramática, retórica y dialéctica, no pudo escapar del amor, ese sentimiento que la razón humana no domina así se esté entrenado en las ciencias del razonamiento.
Su historia y la de Eloísa empezó a escribirse con sangre cuando el abad de Notre Dame tuvo la idea de que su sobrina contara con el maestro en la profundización de sus estudios. Eloísa, que sin ir a la escuela sabía teología, filosofía, griego, hebreo y latín, no recibió de buen agrado el regalo, pero lo aceptó por respeto a su tío.
De clase en clase, una llama se prendió en el corazón y en la piel de maestro y alumna, hasta que estalló la pasión. En las cartas de Abelardo quedó descrito el desbordamiento de esa pasión en la catedral: “Abríamos los libros, pero pasaban ante nosotros más palabras de amor que de la lección. Había más besos que palabras. Mis manos se dirigían más fácil a sus pechos que a los libros”.
Transcurría el siglo XII y los amantes, aprovechando que la catedral estaba en construcción, se citaban en el campanario para amarse sobre unas lonas improvisadas y con París a la vista de sus ojos ansiosos y enamorados. Abelardo le dejaba escritos en los libros. “Tú eres mi pequeña diosa del viento, que riza las olas y levanta la espuma para que, como un delfín, yo pueda resbalar por tu cuerpo”.
La tragedia de esa pasión empezó cuando huyeron del lugar, se casaron y trajeron un hijo al mundo. Abelardo decidió entonces presentarse ante el abad, herido por las burlas de las que había sido víctima tras el rapto de su protegida, porque la historia de amor del maestro y la alumna estaba en boca de todo el mundo. El abad simuló el perdón, pero preparó la más cruel de las venganzas. Contrató unos sicarios cuya misión era castrar a Abelardo.
Sin el instrumento del placer y con el ardor vivo de la pasión, los esposos amantes optan por el convento y el monasterio, pero no dejan de escribirse hasta la muerte. Eloísa se confiesa en la celda de su silencio: “Durante la celebración de la misa, cuando más pura debe ser la oración, los obscenos fantasmas de esas voluptuosidades se apoderan vorazmente de mi melancolía”.
El peso de sus días de sexo en la catedral los marcó para siempre. Eloísa reconoció que haber probado la pasión la inhabilitaba para el olvido, así su vida la hubiese consagrado a Dios. “Debía gemir por los pecados cometidos y, sin embargo, suspiro por los que he perdido”.
*Alberto Medina López