Los trabajadores negros del sur de África cantaban una canción que iba marcando la senda del tren de vapor que los conducía hasta las minas de Johannesburgo: Shoshozola. Shoshozola es una palabra de origen zulú que significa “abrirse paso”, “avanzar”. Para los obreros era mucho más que una canción, era un himno que los hermanaba en el viaje, en las aspiraciones, en la suerte. Mientras trabajaban en la cantera de cal, el preso 46664 —condenado por sabotaje— entonaba las notas de Shoshozola junto a los demás reclusos de la cárcel de Robben Island. En aquellos tiempos la libertad no era más que una utopía, una alucinación lejana. El preso 46664 se llamaba Nelson Rolihlahla Mandela. Su apelativo cariñoso: Madiba. Cuando aún estaba en prisión, Nelson Mandela conquistó a sus enemigos, aquellos que lo veían como una amenaza y defendían con garras afiladas los principios del apartheid. Mandela llevaba más de veintisiete años de cautiverio cuando obtuvo su libertad.
Cuatro años después se convirtió en el primer presidente negro de Sudáfrica. La tarde del 24 de junio de 1995, durante la final de la Copa Mundial de Rugby en el estadio Ellis Park de Johannesburgo, las voces de los hombres, las mujeres y los niños negros se sumaron alegremente a las voces de los hombres, las mujeres y los niños blancos.
Y cantaron juntos. Mandela estaba pletórico. Sonreía y agitaba su brazo derecho, saludando a la multitud que lo ovacionaba mientras abandonaba el estadio. El partido había terminado. Tras la victoria de la selección sudafricana, y después de cincuenta años de odio racial, Sudáfrica celebraba y cantaba unida, una y otra vez, la misma canción: Shoshozola.
*Sorayda Peguero