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Sin camiseta no entra

01 de abril de 2016 - 08:55 p. m.

¿Por qué algunos hinchas de Millonarios fueron expulsados de El Campín durante el partido del equipo bogotano contra Nacional?

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No somos personas de asistir todos los fines de semana al estadio. Solo uno de nosotros tenía camiseta de Millonarios, el local. Compramos las boletas porque queríamos experimentar la intensidad que produce un Millonarios vs Nacional. Nos creímos eso de que era un partido en paz. Nos confiamos porque no iban a estar enfrentadas en el estadio las dos barras: el distrito prohibió la entrada de la hinchada visitante. 

Entre nosotros, los cinco, somos dos mujeres. Ambas paisas. En el grupo todos son hinchas de Millonarios excepto nosotras. Ninguna se debe a un equipo de fútbol pero disfrutamos la emoción del juego, los saltos, los gritos, las caras de estupor y vergüenza cuando una jugada falla, cuando el balón no entra. “No puedes abrir la boca en el estadio”, me decían en el trabajo. “No vayas a gritar si Nacional hace gol”. Todo en medio de risas. De las dos soy yo quien tiene el acento más marcado. Llevo un año en Bogotá y las típicas palabras paisas persisten, se niegan a desaparecer.

No había nada más que esperar: compramos las boletas, terminamos la jornada de trabajo. Lo de siempre: frío, lluvia, trancones, Transmilenio lleno. La carrera 30 apelmazada de camisetas azules, pitos, gorros, calcomanías y manillas. Los revendedores, a las afueras de la estación de Transmilenio, vendían las boletas casi al doble de lo estipulado para el juego. Nosotros habíamos comprado las entradas en oriental central baja, una tribuna muy cerca del césped.

Hace poco escuché algunos audios del blog de Hernán Casciari, el escritor y periodista argentino. Uno de ellos se llamaba “Prohibido decir negro de mierda”. “De repente todo es racismo, de repente nada es humor, nada es exageración festiva. Ir a la cancha como todo el mundo que va a la cancha sabe, es mucho más que ver un partido (…) A la cancha uno también va a divertirse con los hinchas creativos que dicen cosas”, decía. Estuve –estoy– de acuerdo en que los hinchas tengan la ilusión de que con sus ofensas verbales hacia los jugadores del equipo contrario, se pueda, de alguna manera, alterar el curso del juego o encrespar al otro hasta sacarlo de quicio. Así veo el fútbol: como la unión colectiva para festejar algo que durante 90 minutos es más grande que la política, la pobreza, la ruina y los problemas. Una bestia que arremete en el interior y grita contra el rival. Que grita pero no hiere. No debería.

Llegamos a El Campín. Las requisas fueron rápidas: los policías no nos miraban a los ojos siquiera. Al estadio lo cubría un vaho blanco, desde lejos podíamos escuchar los cantos: “Nacional, Nacional hijueputa”. Todos nos reíamos, estábamos ansiosos. Sabíamos la presión del juego: Nacional iba de tercero en la tabla y Millonarios de cuarto. Entramos. Uno de nosotros se adelantó para verificar si había sillas disponibles, yo me quedé dos escalas más abajo. Cuando comencé a subir vi como una mujer, de 40 años aproximadamente, le gritaba a él: “Paisa hijueputa te vas de acá. Te vas”. Lo que pensé era que le decían paisa al más rolo de todos, al más hincha de Millonarios. «¿Dónde está su camiseta?”, increpaba la mujer. “¿Cuál camiseta? Acá está mi boleta y voy a entrar a ver el partido”, respondió. Ella se quedó mirándonos mientras el resto subía. Luego, la borrasca: “Son paisas, son paisas. Ellos son paisas”. La masa enardecida comenzó a abuchear, a insultar. “No somos de Nacional”, gritamos. Llegó la policía: “¡Cédulas!” Una mirada rápida a las de los hombres, “Son de Bogotá”, le dijo a la mujer. “Son paisas, son paisas”, seguían gritando. “¿Qué pasó, pues?”, musité después de estar callada durante toda la disputa. No hubo más que hacer: los policías comenzaron a bajarnos. Uno de los hombres que había en la tribuna, corbata y traje gris, me miró y gritó: “Andate perra, andate a tu provincia. Perra hijueputa”.

Los barristas de Millonarios no sólo visten sudaderas deportivas y gorras que tapan los ojos. No sólo son los que llevan el pelo a los hombros y las orejas perforadas. No solo se ubican en la tribuna norte de El Campín: están en oriental, en occidental, en preferencial. Pueden tener la apariencia de una mamá de clase media o vestir de corbata. Ellos crearon su propio sistema de reglas y se salieron de las manos de la policía y la logística y el distrito. Se adueñaron con sus barras de una parte de la silletería del estadio y anoche, supe, deciden quién entra y quién no a las tribunas. Decidieron que los hinchas de Millonarios no entran si no portan camiseta de Millonarios. Es decir: si alguien quiere ir a la cancha por acompañar a su novio o a un amigo y no le gusta ningún equipo no lo puede hacer. Y si alguien es hincha de Millonarios y no quiere llevar la camiseta por precaución o porque no le da la gana no tiene derecho a ver a su equipo. La pelea no es únicamente con el rival, la pelea es por no ser como ellos.

El policía me dijo que no podía volver hablar dentro del estadio. “Lo mismo nos hacen en Medellín”, nos dijo un señor que se acercó cuando el policía nos recomendaba salir del estadio. La ley de este país: si me roban, yo robo. Si me golpean, yo golpeo. Un tramado social que premia la viveza sobre la honestidad y justifica la violencia con más violencia. La mujer nos tomaba fotos desde arriba. “Adiós perra hijueputa. Paisas malparidos”. La única solución era comprar una camiseta de Millonarios y volver a entrar a otra tribuna. No lo hicimos. La señora que podía ser mi mamá seguramente rotaba nuestras fotos a los otros: hinchas que confundieron el fútbol y el deporte con la excusa perfecta para agredir al otro. 

“El fútbol es la recuperación semanal de la infancia”, escribió Javier Marías. ¿Qué infancia puede recuperar más adelante un niño que vio a su papá putear y rodear a alguien por no ser como él?

*La autora de esta columna es periodista de El Espectador

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