Una travesía por esta ciudad, un día cualquiera, es un viaje de tristes tedios, torbellinos individuales y terrores colectivos, ahogándose en urbes revueltas: siluetas oscuras y vecinos anónimos refugiándose en aparatos indiferentes, al abrigo de la nueva dificultad de comunicar y convivir. Ciegos, sordos y mudos a lo que les rodea.
La indiferencia es el reino que impera. Sin querer.
Llenos de nosotros mismos, sin nunca alcanzar la saciedad, nuestras vidas, deseos, dramas virtuales o reales, objetivos, deudas, dolencias y basuras… han desechado al otro, el vecino, el de al lado, el desconocido que ya no existe.
Es el reino del YO, la cara del face, el self… Y. Sin querer.
Y sin querer estamos dejando ese frío glacial de la indiferencia, invadir cada rincón, minuto, momento precioso de nuestras vidas, días, calles, colegios y caminos callados. Congelamos las posibilidades de una vida en comunidad amorosa y generosa, porque el esfuerzo produce pereza y el anónimo, terror.
El miedo congela, sin querer.
Poco a poco, las caídas son solitarias, las injusticias abundan ante el silencio de las masas y nadie aguanta frío para ceder un puesto caliente. No defendemos injusticias, no se grita por el dolor ajeno ni se siente cuando sangra.
Hemos perdido la voz y el querer.
Deambulamos hacia orillas extrañas, donde la congestión de nuestras mentes vacías ha contaminado las palabras acogedoras, los gestos solidarios, las miradas generosas. Del respeto al otro, llegamos a orillas extremas de una indiferencia abismal. La empatía, la escucha, la disponibilidad se desvanecen a velocidades 4G con pantalla touch y megapíxeles sin querer.
Pero sin querer… una sonrisa inesperada devuelve ilusiones y esperanza. Una mano amiga y unos pocos valientes arrasan con la marea fría. Rompemos el loop… hay momentos de espontaneidad infantil o de simple bondad, que pueden cambiar el día, o la vida… sin querer.
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