Llegó el momento de ponerle límites de tiempo al proceso de paz.
Una primera fecha para definir si hay razones de éxito suficientes para continuar con el proceso, antes de que el presidente anuncie si buscará la reelección. Y una segunda fecha para firmar un acuerdo, antes de las elecciones legislativas.
Algunos dirán que no se debe amarrar una negociación histórica a eventos coyunturales como unas elecciones, pero, por eso mismo, el proceso no debe quedar sujeto a las pujas electorales. No se puede continuar con la tradición de que las Farc sean quienes “ponen” presidente por vía de las expectativas y los odios de los votantes, como ha ocurrido en las últimas cuatro elecciones.
Las Farc deben entender que Colombia se encuentra en una era signada por el ánimo y la lógica de la guerra, dominada por un pensamiento y un sector político extremistas, y que para abrir una nueva era, la de la paz, se requieren cambios de fondo, primero en esa guerra y luego en la democracia. Y que esos cambios no pueden ser simultáneos. Deben entender que fue un milagro que en medio de la era de la guerra se abriera una ventana de oportunidad para la paz, fruto de que Juan Manuel Santos tuviera el coraje de jugarse su presidencia y reelección por el convencimiento genuino de que no era posible terminar el conflicto armado en el mediano plazo por la vía militar, y que no podía dejarse pasar la coyuntura de que las Farc están apremiadas porque la ola de éxitos electorales de la izquierda latinoamericana está a punto de dejarlas atrás.
Que ese milagro pudo fondearse con las reservas acumuladas por la alta popularidad y los éxitos militares de Santos, pero que la falta de buenas noticias desde La Habana las ha dilapidado. Que ese fondo de reservas está llegando al límite (apoyo de opinión pública) y que, a menos que se fondee con nuevos recursos, la ventana de oportunidad se cerrará antes de las elecciones, desencadenando un recrudecimiento del pensamiento y el ánimo de guerra entre los colombianos. Los nuevos recursos no pueden ser sino evidencias de avances trascendentales y definitivos en las negociaciones.
Si una vez agotados los recursos para intentar la paz, Santos cierra duramente la ventana en reconocimiento de la realidad política, no estará actuando con cálculo electoral sino con lógica histórica, porque sólo las Farc piensan que las negociaciones pueden hacerse de espaldas a la realidad. La guerrilla debe entender que su máximo anhelo —dividir al Establecimiento para aprovecharse de sus contradicciones internas— se ha producido y debe usarlo rápidamente mientras dure, porque en las democracias las elecciones resuelven esas contradicciones, y en este caso puede ser a favor del sector enemigo de la paz.
Se acabó el tiempo de las expectativas. Los ciudadanos sólo admiten hechos contundentes. Las Farc deben aceptar que esa misma división del Establecimiento impuso el filtro del referendo refrendatorio y que éste no permite que se les hagan concesiones exageradas. A Santos tienen que exigirle una propuesta segura de que no irán a la cárcel por dejar las armas, y otra audaz de participación política. Y avanzar y firmar antes de elecciones, seguros de que la paz abrirá, después de cincuenta años, las puertas para que la izquierda sea opción de poder.