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Tres flores para Jorge

04 de enero de 2019 - 12:00 a. m.

Por Dayana Blanco Acendra

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La música, como parte de la cultura, evoluciona y responde a su época. Por ello, el fenómeno por el que atraviesa actualmente debe mirarse con atención más allá del patrón rítmico, como apuntó Jorge Drexler, afirmando que ritmos como el reguetón vienen de África, pero necesitan mejores compositores.

Por ser de mis artistas favoritos quise enviarle tres flores, para adornar su afirmación: i. Los elementos de otras culturas convertidos en producto de consumo, ii. La calidad de las letras, iii. La industria musical actual y sus efectos.

i. Muchos géneros musicales vienen de África, pero su comercialización, esto es la forma en que estos se convierten en producto de mercado, no siempre refleja sus raíces, beneficia dicha cultura o es protagonizada por quienes la han desarrollado por siglos como propia. A esto se le llama apropiación cultural, una teoría densa y difícil de defender. Básicamente, lo que sucede es que la industria musical actual monetiza la apropiación de elementos de otra cultura y su adaptación para entretener a terceros sin que exista, en todos los casos, el debido entendimiento y/o reivindicación de esta.

Ahora, hay que reconocer que el género ha sido el tiquete de salida de personas (en su mayoría hombres) racializadas y empobrecidas del Caribe y Latinoamérica, sin embargo, eso no rompe con las espinas de las flores que siguen.

ii. El problema no es el beat, es delicioso bailarlo a poca luz. Debe ser divertido llenar conciertos con perreo, pero junto con él vienen letras sexistas y misóginas que generan un efecto obvio: la musicalización de cosificación de la mujer y el desconocimiento de la lucha feminista que pide a gritos igualdad y respeto.

iii. La música actual per se no es mala, ni el reguetón debe prohibirse, pero hay que reconocer las consecuencias de la transformación de la industria musical y ligar el éxito de géneros como el reguetón con la sociedad que lo consume. Hay muchos artistas independientes esforzándose por sacar sus producciones a un mercado que no les responde positiva ni monetariamente; cada vez es más difícil sostener formatos en vivo, como el de orquestas, y con ello se reducen las alternativas de ingresos de los artistas y crecen las filas de quienes hacen lo que se escucha y se vende.

El mundo es grande y cabemos todos/as y ya que inevitablemente la cultura y el arte son un producto dentro del mercado, a los reguetoneros se les piden mejores letras, como dice Drexler: “Lo que necesita para gustarme a mí (…) es que se trabajen mejor los afectos y las ideas”; al parecer Bad Bunny lo está intentando con Solo de mí. No es una apología a la canción seria, sino a hacer la canción seriamente. Y al público, como consumidor/a, que se abra más a otros sonidos y permita que la pluralidad de lo que escuchamos y bailamos se mantenga y siga creciendo con contenido y calidad. En este jardín todos/as siembran, todos/as ponen.

 

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