Por Fernando Barbosa
Cada 11 de febrero se celebra en Japón el Kigen-setsu, es decir, el día de la fundación de la nación. Tal fecha corresponde al día en que ascendió al trono el emperador Jimmu, en el año 660 a. C. Emperador fue el chozno de la diosa Amaterasu y de quien proviene el linaje imperial japonés que ha llegado hasta nuestros días. Sin embargo, no se trata de un personaje histórico, sino de una leyenda. Y a pesar de ello, está anclado con claridad como símbolo de la nacionalidad y por ello se le recuerda y conmemora.
Dentro de dos años los colombianos celebraremos, por segunda vez, el bicentenario de la Independencia. La primera tuvo lugar en 2010, porque no fue posible llegar a un acuerdo sobre si nos independizamos el 20 de julio de 1810 o el 7 de agosto de 1819. Sin embargo, la independencia, como el fin de una guerra, no es problema de un día, o de unos años. A veces jamás termina. Es el símbolo que encarna el ideal de romper todas las cadenas.
Estas realidades parecen confirmar que vivimos en una cultura que desatiende el futuro y a veces el mismo presente. Pensamos y actuamos más para modificar el pasado que para abrir las puertas al futuro. Por eso deberíamos esforzarnos en la creación de un espacio para formular un proyecto de largo alcance con miras al tricentenario.
El fondo de esta propuesta tiene dos sustentos. El primero es el caso de Corea. Como se recordará, el padre de la modernización fue el general Park Chung-hee cuyo gobierno dictatorial se prolongó desde 1961 hasta 1979 cuando fue asesinado. El leiv motiv con el que convocó a los coreanos fue: “en 100 años alcanzaremos a Japón”. Y el segundo referente es el de China. En 1985, personalmente le oí decir al primer ministro Zhao Zijang: “en 2050 alcanzaremos a los Estados Unidos”. En el caso de Corea, tendremos que esperar todavía unas seis décadas para conocer hasta dónde se habrá cumplido la meta. Y en el de los chinos, todo indica que podrían lograrlo antes del límite planteado.
Los dos líderes tenían claro las oportunidades que el cambio mundial ofrecía. Y si los cambios no fueran suficientes, estaban dispuestos a buscarlos. Ni las críticas de los técnicos internacionales ni el escepticismo o la negativa del sector financiero fueron obstáculos para avanzar. Sus dos pilares fueron su determinación política y una meta de gran aliento en el tiempo.
Mientras insistimos en promover las industrias extractivas y la agricultura, el mundo se mueve ya en la Cuarta Revolución Industrial. Seguirnos retrasando significará profundizar la inequidad. Y si esto sucede, simplemente no tendremos futuro. ¿Qué país queremos? ¿Dónde están los líderes con visión para darle un vuelco al ahora?