No muere quien quiere, sino quien vive. Las leyes de la oferta y la demanda tientan a la frente en alto. El teatro es un ardid para aplaudir. Solo un instante: un mísero, discutido y soberano instante de glamur donde no valen las especies escapadas. Después, el actor recoge su ropa maloliente y se esconde en los suburbios de la noche sin mostrar a nadie su reverso. Sin cortes ni coristas descubrirá que el mejor estado emocional es la incertidumbre. Saldrá cada amanecer recordando el mito, la euforia existencial, pero de boca para afuera. Dentro de su ser corre una rara aureola de impiedad.
No muere quien quiere, sino quien vive. Las leyes de la oferta y la demanda tientan a la frente en alto. El teatro es un ardid para aplaudir. Solo un instante: un mísero, discutido y soberano instante de glamur donde no valen las especies escapadas. Después, el actor recoge su ropa maloliente y se esconde en los suburbios de la noche sin mostrar a nadie su reverso. Sin cortes ni coristas descubrirá que el mejor estado emocional es la incertidumbre. Saldrá cada amanecer recordando el mito, la euforia existencial, pero de boca para afuera. Dentro de su ser corre una rara aureola de impiedad.
La soledad complementa la suerte del amor no correspondido. Y todos suben al jardín en busca del pasto abandonado: pueden vivir su propia historia y actuar en su obra preferida hasta el límite del alba. Después del sol, las luces subirán hasta la inocencia y nadie sobrevivirá. El tiempo no cree en sacrificios. No crece a favor de los mortales. El alma humana es un arco que nadie tiene derecho a eternizar. Solo en las noches de tormenta las raíces permanecen a merced de las espadas.
Vivir privilegia los finales felices. La noche no cae sobre el mundo como una pieza muda. Con ella se marchan nostalgias, miradas intuitivas y silencios trastocados. Nada es mejor que volar detrás del aguacero donde solo la ceniza de la suerte correrá como esfera perdida. La fiebre de ser uno mismo, en el reino de las vueltas, no deberá perderse nunca: pero sin olvidar que a la diestra del azul viven los fantasmas que sueñan a ser Dios.
*Por: Luis Beiro Álvarez