En 2005, Colin Powell, Secretario de Estado del gobierno de George Bush, reiteró: «Nuestro objetivo con el Área de Libre Comercio para las Américas, ALCA, es garantizar a las empresas norteamericanas el control de un territorio que va del Polo Ártico hasta la Antártida, el libre acceso, sin ningún obstáculo, dificultad, para nuestros productos, servicios, tecnología y capital en todo el hemisferio».
Algunos pocos decodificaron las entrelineas de estos mensajes, otros las oyeron, pero no creyeron y se les olvidó que la Política Exterior de E.UU. está conformada por objetivos de largo plazo y casi una década después, ratificaron con orgullo nacional los TLC, definidos por Peter Hakins, presidente del diálogo norteamericano como «pactos largamente atrasados que podrían reanimar el letargo de las relaciones USA-América Latina».
Se cumplió el primer año de la firma del TLC entre EE.UU. y Colombia. Mientras las fuentes oficiales conmemoran que 775 nuevas empresas colombianas exportaron al mercado norteamericano, fuentes independientes divulgaron que 70% de las exportaciones fueron en el área de hidrocarburos y minerales. Según el Departamento de Agricultura de EE.UU. se registró un crecimiento de 70% de las importaciones agrícolas y solamente 11.5 de las exportaciones. Estos doce meses han sido marcados por la fuerte recesión de Estados Unidos y por una pauta de exportación limitada que intenta adecuarse a las exigencias del mercado estadounidense, lo que ha significado una dinamización de la producción norteamericana y un debilitamiento de la producción colombiana.
Mientras en el ámbito del TLC se negocia la posibilidad de establecer un arancel cero con EE.UU., actualmente se tramita una nueva ley en el Congreso norteamericano con el objetivo de elevar los subsidios agrícolas de 50 mil millones a 195 mil millones de dólares al año, un incremento de 290%. Esta iniciativa confirma la percepción clásica de algunos expertos latinoamericanos al desvendar los TLC como proteccionismo hacia adentro y liberalismo hacia afuera.
Aunque sea una decisión «soberana» en Política Exterior y en Política Económica, no se puede desconocer su fuerte impacto en el sector agrícola y en el área social ya que tiende a empeorar las condiciones de trabajo y a aumentar el índice de desempleo. En el tema de propiedad intelectual, Colombia también ha legitimado algunos acuerdos internacionales que favorecen el libre ingreso de las transnacionales, sin que eso signifique pactos más claros y objetivos en temas ambientales, despidos laborales o violación de derechos humanos y mucho menos en transferencia de tecnología, lo que conduce a la pregunta: ¿Un Estado puede sobreponer los intereses de las multinacionales a los derechos y bienestar de la mayoría de sus ciudadanos?
El premio Nobel de Economía Joseph Stiglitz, en diversas ocasiones ha reiterado las consecuencias negativas de los TLC. Al mencionar el NAFTA, el Tratado firmado en 1994 entre México, Estados Unidos y Canadá, señaló que después de su firma «los salarios en México son más bajos, la pobreza rural aumentó y la desigualdad creció. Se destruyeron empleos más rápido que los que se crearon y los pobres mexicanos, que eran los agricultores maizeros, no pudieron competir con los maizeros estadounidenses, debido a los altos subsidios estatales norteamericanos. Considera que un TLC no es un TLC, es solo un nombre y en Washington existe la costumbre de poner el nombre contrario a las cosas».
La celebración de un año de TLC coincide con la visita del Vice Presidente Biden a Colombia, Trinidad y Tobago y Brasil y con la reciente consolidación de la Alianza Asia-Pacífico, en el marco de la cual Estados Unidos es el gran beneficiado por la cláusula de la nación más favorecida, y se da pocos días después que el brasileño Roberto Azevedo fue elegido Director General de la OMC y de la visita del presidente Obama a México y a Costa Rica. Pareciera ser que en Brasil la prioridad es el tema energético y el fortalecimiento de la relación bilateral, en Colombia los debates girarán alrededor de los avances en materia de seguridad, encuentro con los líderes empresariales para analizar 1 año del TLC, lucha contra el narcotráfico y apoyo al diálogo de paz, pues seguramente la estabilidad política de Colombia, después de 60 años de guerra y del reconocimiento del Gobierno del presidente Santos acerca de la existencia del conflicto, es una variable que concede mayor seguridad a las inversiones norteamericanas y legitimidad a los acuerdos militares bilaterales establecidos.
En el teje y maneje de Washington se puede haber concluido que a pesar de que el presidente Obama difiere del expresidente Bush., su carisma y su filiación partidaria no fueron suficientes para establecer un nuevo y duradero paradigma en la relación de la Casa Blanca con la sorprendente América Latina que se globaliza y se aproxima a otras naciones fuera de su zona de influencia tradicional.
¿O será que significa finalmente un cambio del status quo de Brasil y de Colombia en el Departamento de Estado, a pesar de las diferentes funcionalidades que puedan jugar en el tablero de intereses regionales de Estados Unidos? Al que piensa distinto hay que tenerlo cerca y al aliado hay que ofrecerle más. ¿Cuál será la próxima oferta?
**Beatriz Miranda