Colombia se ha convertido en una potencia mundial en la práctica de cirugías estéticas.
Los reportes del ISAP (Sociedad Internacional de Cirugía Plástica y Estética) indican que entre 2011 y 2013 el país ascendió 5 puestos, de la undécima a la sexta posición, en el ranquin de los países que más realizan estos procedimientos. Dicho ascenso se dio gracias a que el total de intervenciones (quirúrgicas y no quirúrgicas) efectuadas en toda Colombia aumentó un 13,31%, pasando de 371.507 a 420.955 en estos años.
Bajo los cánones tradicionales de la economía, este mercado amerita sólo un tipo de intervención estatal: la certificación y el control de la calidad de los centros de salud que ofrecen estos servicios. Al fin y al cabo, el Estado no tiene por qué entrometerse en la cantidad de recursos privados que se invierten en cirugías estéticas, dirían algunos.
Sin embargo, varios economistas han empezado a cuestionar tal afirmación. Por ejemplo, Robert Plank propone imponer un alto impuesto al consumo de bienes posicionales (bienes y servicios cuyo valor dependen en gran proporción de cuánto el individuo consume en relación con los demás), como lo son algunas cirugías estéticas.
Según Plank, la adquisición de un bien posicional por parte de unos pocos impone un costo al resto de la sociedad: presiona a que los demás individuos incrementen la demanda del mismo bien. Esto genera una dinámica en la que se desvían recursos de los bienes no posicionales, como la cultura, hacia el consumo de los bienes posicionales.
Por lo menos los tres procedimientos estéticos más solicitados en Colombia en 2013 (bótox, liposucción y aumento de busto) pueden categorizarse como bienes posicionales. A medida que más gente recurre a ellos, se impone un fuerte estereotipo social de belleza que incentiva la demanda de aquellos que quieran alcanzarlo, en pro de sentirse bien consigo mismos y de fortalecer su autoestima. Por esta razón, y siguiendo la idea de Robert Plank, se debería gravar con una alta tasa el consumo de estos procedimientos, una vez el Estado tenga un mayor control sobre los centros médicos para que no se fomente el mercado negro o las “clínicas de garaje”.
Además, la insaciable demanda local por intervenciones estéticas ha elevado considerablemente la rentabilidad para los cirujanos plásticos, lo cual ha atraído a médicos de otras áreas de la salud hacia este sector. Por lo cual, el impuesto podría destinarse a frenar esta tendencia otorgando becas a los médicos generales que quieran estudiar aquellas especialidades escasas que son prioritarias para la salud o aumentando los cupos de estas mismas especialidades en las universidades. También se podría financiar la investigación en la cura o vacuna de algunas enfermedades, así como invertir en campañas de vacunación masivas.
Hace poco, mientras observaba la enorme expansión de los centros de salud estéticos en Cali, retumbaba en mi mente aquella famosa canción de salsa del maestro Ruben Blades que dice: “Era una ciudad de plástico, de esas que no quiero ver, de edificios cancerosos y un corazón de oropel (..), con gentes de rostros de poliéster que escuchan sin oír y miran sin ver”. Esto me hizo reflexionar sobre el “invisible” hecho que sea más fácil para un ciudadano conseguir una cita con un cirujano plástico que para un niño enfermo de cáncer conseguir a un oncólogo infantil. Vaya país.
* Federico A. Merchán A.