El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.

¿Un tiro de gracia o la máxima pena? (II)

21 de agosto de 2013 - 04:18 p. m.

El arquero le hace señas, le habla, lo mira a los ojos, lo asusta. Francisco Mouat escribió un artículo que tituló El embrujo de los doce pasos.

PUBLICIDAD

Allí alude al origen de la definición de los penales después de la prórroga. Origen curioso, pero más curiosa aún la dedicatoria: “A Pablo Azócar, habitual malogrador de los tiros penales”. Desde que existe esta instancia de definición de tiros desde los 11 pasos, después de la prórroga, pervive un supuesto: ningún torneo puede quedar empatado, es decir, no hay posibilidades de tener dos ganadores y menos que no se resuelva el “duelo”, como se dice del fútbol. El principio de la definición de los penales, como el principio de esta cultura que habitamos, es que hay que eliminar: lo vemos en los reinados, en los concursos, en la vida cotidiana. Tiene que haber un ganador y un perdedor. No se puede pensar ni en la paridad ni en el equilibrio. Por eso se llama juego, para ello se juega. La idea de la definición por penaltis se le endilga a Ramón de Carranza, en los años 70, época en la que ya se jugaba la prórroga en caso de empate. Desde que existe la pena máxima hay angustias existenciales de arqueros, cobradores, árbitros, técnicos y fanáticos. Todos a punto de un infarto. Es que el fútbol es contranatura, es el único juego que se juega con los pies. Algunos autores han definido el penalti como: “sanción, intriga, suspenso, falta, castigo, justicia, masacre, eyaculación en cámara lenta, gestación impropia de la fiesta, suspensión del tiempo, fusilamiento cruel”. Como en Esperando a Godot, de Beckett, el tiempo se suspende y nada pasa porque eso es lo que tiene que ocurrir, que nada pase. En el penalti se paraliza la existencia, hay un limbo mudo, porque, como le ocurrió a Aureliano Buendía, todavía había un minuto para el recuerdo antes del tiro de gracia. En esa instancia hemos vivido circunstancias como las de algunos jugadores que dicen que no son capaces de cobrar, que les tiemblan las piernas, que no sienten el cuerpo. Otros, en cambio, se arrojan a cobrar. Caminar con el balón en la mano, besarlo, pisar la grama para aplanar la existencia y atenuar la tensión. Un minuto y el mundo es otro: “No sé qué me pasó, antes de cobrar elegí el palo derecho, pero cuando llegué al balón tiré al palo izquierdo, es una verdadera tragedia porque era el regalo para mi hija”.

Es un acto mágico pero doloroso. Kundera responderá que este estado en checo se conoce como un lítost.

 

Juan Carlos Rodas Montoya*

Conoce más
Ver todas las noticias