Luego de semanas de extrema tensión entre Rusia y Occidente, Moscú ha decidido pasar de nuevo a la ofensiva.
A pesar de algunas interpretaciones que apuntan a que detrás de las acciones de Vladimir Putin está presente la idea del Imperio Ruso o de la reemergencia del proyecto soviético, nada más alejado de la realidad.
La situación actual es bien distinta, no sólo por Rusia, sino por la conformación del mundo. El envío de un convoy humanitario a Ucrania sin la autorización de Kiev demuestra el elemento más vital de la política exterior rusa en la actualidad. Se trata de la defensa a cualquier precio de ciudadanos ruso-parlantes. De acuerdo con el gobierno ruso, el primer convoy humanitario, con 1.800 toneladas de ayuda, buscaba aliviar la situación de los habitantes de Lugansk, sin servicio de agua ni de electricidad desde casi un mes.
La llegada de Ángela Merkel a territorio ucraniano con 500 millones de euros para la reconstrucción del país demuestra la importancia para Europa. No obstante, sus límites resultan inocultables y demuestran que la prueba de fuerza por parte de Bruselas y de Washington es más retórica que real. Ni Europa ni Estados Unidos pueden darse el lujo de vincular a Ucrania del todo en su proyecto exterior, como lo hicieron en el pasado con algunas naciones de los Balcanes occidentales como Eslovenia, y Croacia. La crisis económica que golpeó la imagen de la UE demuestra que al llamado viejo continente le importa alejar a Rusia de Ucrania, pero no hasta el punto de convertirla en miembro pleno de la UE. El costo económico no se justificaría, al lado de ventajas geopolíticas irrisorias.
Del lado ruso, ocurre algo similar. Tras de la anexión de Crimea, el gobierno de Moscú deberá hacer un esfuerzo presupuestal considerable basado en la construcción de un puente que garantice la conexión y el suministro de agua y de electricidad, que provenían en un 90% y 70%, respectivamente, de Ucrania. A esto se suma que para Moscú no resulta viable apoyar causas separatistas cuando en su territorio conviven 21 repúblicas autónomas con rasgos culturales diversos, principio válido desde Chechenia hasta Buriatia.
Para la Rusia de Vladimir Putin, pensar en un proyecto colonizador en Europa significaría alterar un equilibrio mundial que le ha favorecido y le ha devuelto el protagonismo perdido con el fin de la URSS. Por ende, lo que más importa es la estabilización de Ucrania por la vía de un gobierno que no afecte los intereses de la población ruso-parlante.
*Mauricio Jaramillo Jassir ** Profesor U. del Rosario