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Una mujer, muchas mujeres

26 de diciembre de 2014 - 09:33 p. m.

Creyó haber muerto. Ese fue su absurdo pensamiento cuando abrió los ojos. Se tocó el abdomen, las piernas, la entrepierna, dejó su mano sobre el útero y luego lloró largamente.

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Se sentía sola, sentía que el dios que le habían enseñado a adorar no quería a las mujeres que se apropiaban de su cuerpo, sentía los ojos del mundo sobre ella juzgándola por lo que acababa de hacer, el peso de las leyes inventadas por hombres, el peso de la violencia obstétrica que mientras le sacaba la vergüenza en medio de las lágrimas y los quejidos le decía: debió pensarlo antes de acostarse, ahora quédese quieta. Y su pareja, dónde estaba, por qué no le tomaba la mano fuerte como cada una de las noches y los días en los que hicieron el amor interminablemente, y el método anticonceptivo, qué le pasó, por qué no funcionó, qué hizo mal, tomó mal la pastilla, la tomó a destiempo, no se dio cuenta y quizá fue eso.

En la sala de espera, llena de frío, con hambre, ansiedad y miedo, se tocaba el vientre y contemplaba la posibilidad de tener un hijo; tendría que abandonar la universidad al menos por un tiempo, en casa no estará bien visto que la única mujer de la familia sea una madre adolescente. Gritarán y se culparán unos a otros por no haber escogido mejor sus amigos, dirán que es culpa del mal ejemplo de papá o de la alcahuetería de mamá, no hay espacio en casa para más personas, no hay comida para más personas, y sus sueños, y sus proyectos propios, ¿y si no quería ser mamá ahora ni nunca? Todos dirán que si no quería un hijo no debió tener sexo, entonces ¿una mujer que no quiere nunca tener hijos, no podrá tampoco nunca tener sexo? Tanta confusión, tantas preguntas para las que no tiene ni una sola respuesta. En esas se acercó la mujer de la recepción y le recomendó no mencionarle a nadie nada sobre el aborto. También le dijo que si le pasaba algo los médicos de esa casa ilegal no se harían responsables.

Entra a la última ecografía. Ahí está el embarazo, dice la enfermera. Ella lo observa con terror, se explica a sí misma por qué está en ese lugar, aunque no lo comprende bien. Nadie la orientó sexualmente porque el cuerpo en sí mismo es un tabú que las escuelas omiten en su enseñanza, es una culpa de la que no se habla en casa, no toques tu vulva, no hagas esfuerzos físicos de hombres, mantente en tu lugar y en silencio porque las mujeres deben ser así, no te acuestes con tu novio porque entonces nadie te respetará, no salgas de noche, no bebas de más porque serás blanco de violación y será tu culpa ¿Por qué todo esto, por qué? ¿Por qué a ella? ¿Por qué ser mujer?

Salió por el pasillo y llegó su mejor amiga, corriendo. “La maestra de literatura te envía esta nota”, le dijo: “Querida mía, muchas hemos abortado y lo seguiremos haciendo, te recomendé con la enfermera, no tengas miedo: tu cuerpo es tuyo”. Entonces entró al cuarto, se subió a la cama, cerró los ojos en medio del dolor y soñó que había muerto.

 

* Ángela Martin Laiton

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