El régimen chavista, habituado a la polarización y a la inestabilidad, enfrenta uno de los momentos más críticos, no sólo porque las divisiones en el país lo tienen al borde del colapso, sino porque existe tal concentración en lo interno desde la llegada de Nicolás Maduro que se ha abandonado por completo la política exterior.
En el pasado, Hugo Chávez activaba en cada crisis una ofensiva diplomática que fortalecía el establecimiento desde afuera, sin ignorar las bases internamente. Desde el golpe de Estado de abril de 2002, el chavismo entendió que la legitimidad no sólo provenía de sectores desfavorecidos en Venezuela, sino del apoyo internacional. Por ende, desde el intento de derrocamiento contra Chávez jamás existió la posibilidad real y viable de un nuevo golpe, entre otras razones, porque la comunidad internacional no aceptaría un gobierno surgido de semejantes circunstancias.
Empero, Maduro ha perdido margen de acción, en buena medida por abandonar la política exterior y por enfatizar polémicas con sectores de la oposición o incluso con independientes. Uno de los gestos que demuestra con mayor nitidez esta postura se la orden de arresto contra Leopoldo López, que revive un dolor de cabeza del chavismo. López se había convertido en un ícono de la titularidad de los derechos políticos en Venezuela, desde que su caso fue llevado a la Corte Interamericana de Derechos Humanos cuando fue inhabilitado en 2008 para ejercer cargos públicos. La corte falló a su favor y ordenó el restablecimiento de sus derechos en 2011. Pero con esta nueva orden de arresto, se reviven las sospechas de la ausencia de independencia de poderes en Venezuela y a la oposición se la abre la puerta de visibilizarse internacionalmente.
La violencia desbordada en las calles, y algunos medios de comunicación que se han apartado de su labor de informar y ejercen como partidos políticos (como ha denunciado Ignacio Ramonet), agudizan la situación. Un caso es el del canal colombiano NTN 24, cuya línea editorial dista de la responsabilidad sana de informar. Desde hace años su directora, Claudia Gurisatti, le declaró la guerra al chavismo. Ahora bien, la respuesta del Gobierno es torpe y profundizará el caos.
Es difícil vaticinar el futuro de Venezuela. A comienzos de siglo, pocos preveían una duración tal del chavismo, al que le pronosticaban una muerte al compás de la caída de los precios del petróleo. Ahora es tal la polarización en las calles que el régimen está obligado a demostrar que tiene el control sobre esos millones de seguidores que están dispuestos a todo, con tal de defender la revolución. De no contar con esa capacidad, Venezuela se encamina hacia un escenario de violencia política extrema, algo que rememora los peores momentos del continente.
Mauricio Jaramillo Jassir ** Profesor Universidad del Rosario