Existe una apología del perdón que lo idealiza, lo distorsiona y lo impone como una necesidad inevitable. Sin embargo, nadie tiene bases éticas, legales o históricas para pretender esa expectativa frente a quienes afrontaron atropellos de los violentos en estas últimas décadas.
Por: Francisco Alberto Galán Sarmiento
La idealización del perdón tiene bases religiosas. La cultura católica de los colombianos le asigna al perdón un atributo virtuoso, que lo asocia con la santidad o con conductas propias de las divinidades creadas por el cristianismo. La grandeza se demuestra con el sufrimiento y con la humildad de asumir el dolor sin sentimientos considerados negativos. La accidentada historia del cristianismo, en Colombia y en el mundo, desdibuja esta pretensión e invita a ubicar las actitudes a un nivel acorde con nuestra condición de seres humanos, lejos de santos o divinidades.
También se idealiza al perdón desde la salud, cuando se lo plantea como la forma óptima de asimilar una experiencia traumática o algún exceso a manos de otro. Con el perdón, dicen, se trasciende, se supera o se hace el duelo en forma sana de los sentimientos derivados de esos hechos. Pareciera que no tuviéramos alternativas psicológicas o de simple conducta cotidiana, frente a la experiencia de un hecho en extremo violento, cuando en realidad sí las hay y múltiples.
Al perdón se lo distorsiona cuando se lo pone de ejemplo, cuando se lo asocia con una conducta incondicional o cuando ante su ausencia en las decisiones de las víctimas se asume que éstas tienen un ánimo revanchero o viven una vida de rencores. Con estas percepciones del perdón, derivadas en gran medida de la idealización, se le niega su carácter de decisión voluntaria y muy íntima. Una decisión que, en una sociedad con dirigentes cómplices, con cientos de miles de personas insolidarias e indolentes y con altos niveles de impunidad, sin duda tendría que asumirse mucho más allá de una actitud ante los perpetradores.
Cuando plantean el perdón como una necesidad inevitable, muchos adoptan una actitud arrogante con quienes afrontan las secuelas de la violencia directa y despiadada contra ellos o sus seres queridos. Quienes no encuentran indispensable el perdón terminan estigmatizados como contrarios a la reconciliación. Ni la paz, ni la convivencia en una sociedad como la colombiana dependen del perdón. La reparación por quienes desplegaron los hechos violentos, la verdad y la justicia sí son condición necesaria para esa paz y esa convivencia.
Igual, una exigencia básica antes de cualquier expectativa de perdón reside en que quienes se enriquecieron con la guerra a través de infinidad de medios, y seguramente lo seguirán haciendo luego de la firma de los acuerdos, deberían ser obligados por el Gobierno Nacional y por todos los estamentos de justicia del país a devolver como mínimo el 95% de su riqueza acumulada de esta manera. Es por esta vía que se tiene que dar la reparación, antes de considerar las vías administrativas. Con seguridad se obtendrían decenas de billones de pesos y se reduciría la impunidad histórica en Colombia.
Por lo anterior y por muchas otras razones, considero que alguien violentado en los años de guerra puede vivir una vida sana, creativa y generosa sin la opción del perdón. Los agresores, si pretenden vivir con dignidad, que se exijan un nivel de conciencia consecuente con el dolor causado y retribuyan a la sociedad más allá de lo que la justicia transicional les demandará.