La opinión pública ha sido durante años reverenciada pero muchas veces desoída o no tenida en cuenta.
Por: Alberto Arébalos*
La aparición de los medios masivos de comunicación, en sí mismos un producto de la tecnología como los diarios, la radio y la televisión, dio paso a la idea de que una opinión pública vasta y con peso específico era una parte crucial de cualquier democracia.
En realidad, quienes tenían el poder de ser escuchados eran quienes poseían los medios tecnológicos, estaciones de radio, plantas impresoras, canales de televisión, que si bien podían intentar reflejar la opinión de los ciudadanos, también muchas veces buscaban influir en estos respondiendo a intereses económicos o políticos.
En ese modelo, la opinión pública podía ser escuchada en cada elección o mediante encuestas, que como los trajes de baño, muestran mucho pero ocultan lo esencial.
Como hace casi un siglo, la tecnología es ahora el habilitador de una nueva revolución en la comunicación, pero esta vez el poder ha empezado a trasladarse a quienes conforman esa opinión pública; quienes, por primera vez en la historia de la Humanidad, tienen la posibilidad de expresarse y, lo más importante, hacerse oír, a escala planetaria. Vivimos la verdadera era de la libertad de prensa y de opinión.
Los colombianos discuten estos días los pros y los contras de un acuerdo de paz que puede poner fin a décadas de conflicto fratricida, y lo discuten en el ámbito lógico de las redes sociales, la gran plaza virtual de intercambio de ideas donde todos pueden expresarse libremente.
Días atrás analizaba con periodistas la validez de estudios como los de MIleniumGroup, que está reportado semanalmente, mediante lo que se denomina “escucha social”, las opiniones de la sociedad colombiana acerca del acuerdo de paz, donde se rescataba la importancia de escuchar sin el filtro de la interpretación de los expertos lo que dice la gente que busca expresar su opinión.
Alguien podría señalar que una encuesta tiene mejores bases científicas que el análisis de lo que llamamos la conversación online. Pero es obvio que una encuesta puede llevar la respuesta hacia un lado o el otro. La pregunta: ¿Usted quiere paz a cualquier precio? O ¿Usted quiere que sigan muriendo cientos de personas al año, entre ellos algún familiar?, pueden ser similares pero seguro darían resultados diferentes.
En el caso que nos ocupa, estamos recogiendo y analizando lo que los colombianos dicen sobre el acuerdo de paz, a partir de lo que leen, escuchan, sienten, comparten y discuten. El verdadero caldo de la opinión pública se cocina a la vista de todos y está ahí al alcance de quien quiera escuchar.
¿Debería reemplazar esto a las encuestas? Probablemente no. ¿Debería ser ignorado porque “esos son un poco de chicos hablando en Facebook”? Absolutamente no y quien lo haga, sean gobiernos, organizaciones u empresas, lo harán a su propia cuenta y riesgo y muy probablemente chocarán con la realidad muy pronto.
La voz del pueblo es la voz de Dios, dice el refrán. No querer escucharla es un grave error.
* Vicepresidente de Atención a Clientes y Estrategia de Milenium Group. Autor del libro “Reputación en la era del control social”.