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¿A quién pedirle protección?

08 de octubre de 2008 - 08:38 p. m.

Hace un par de años traté de comunicarme con Bienestar Familiar para contar sobre el maltrato infantil de una madre (si a eso se puede llamar así) a una pequeña de dos años. Después de dos días de llamadas continuas logré que me contestaran. Me mandaron  a un bienestar del barrio donde sucedían los hechos.

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“Tiene que poner el denuncio en el juzgado”, fue la respuesta. Se hizo, pero gracias a las influencias de un policía amigo. Logramos que visitaran a la niña y a la madre cuando, desde luego, los moretones de la niña se habían desvanecido.

Esta semana, con motivo del horror de lo sucedido en Chía, pregunté por la pequeña y me dijeron que la madre sigue castigándola sin piedad. Hace dos días que estoy llamando al Bienestar Familiar y cuando no está ocupado, no contestan. Oímos a diario que debemos denunciar, o si no seremos cómplices, ¿y a quién le damos las quejas si nadie nos oye?

Hace dos semanas, a una de mis nietas, bajando de la buseta a la 1:00 p.m. en la Cra. 7a. con Calle 94, la escupieron en la cara y aun consciente de que la iban a robar, hizo todo lo posible por evitarlo, pero llegaron dos “amables mujeres” con rollo de papel higiénico y empezaron a limpiarla. Desde luego se le llevaron la cámara donde tenía el trabajo de tres meses.

¿Qué hace usted primero que todo? Llamar al 123, tal como lo dice la propaganda. ¿Está sucediendo en este momento?, le preguntan. No señor, porque no tendría la suficiente sangre fría como para agarrar el celular y llamar. Entonces llame a la Policía. Así se hizo y después de media hora contestaron. Oída la historia, preguntaron de qué color era el saco del ladrón. A uno, que no es ni policía, ni detective, se le ocurre que lo primero que hace un ladrón es cambiarse la ropa o dejarla tirada.

Después de explicar y pedir seguridad, nos dicen que nos calmemos y, cuando se exige más vigilancia porque el caso se repite con demasiada frecuencia, le cuelgan el teléfono.

Después de esta experiencia y haber calmado nuestra angustia por la impotencia, nos preguntamos: ¿A quién le podemos pedir protección?

Ana María B. de Cano. Bogotá.

El 68 en México

El Espectador le ha dedicado dos notas esta semana a los 40 años de la matanza de Tlatelolco. Sobresale la frase de uno de los verdugos de los estudiantes, ex presidente mexicano Luis Echeverría: “no pido perdón de nada”, y debo decir, con perdón de los mexicanos, que parece dicho por un colombiano. En la edición del domingo 5 de octubre publicaron un artículo de la Poniatowska. Muy en su estilo, muy descriptivo. Pero vale por un recuerdo. Prefiero la historia “visceral”, a lo Alcira (una estudiante de filosofía que pasó diez días en el baño de mujeres de la facu en la Unam), así como la “vivió” Bolaño y lo eternizó en Los detectives salvajes.

En mi exilio final, escuchando una canción de Joaquín Sabina, “por el boulevard de los sueños rotos” me aferro al altar que le he levantado a la Remedios Varo y paso saliva. Como (“ex”) ciudadana uruguaya y mexicana y latinoamericana de oficio, agradezco en nombre de mis amigos muertos hace 40 años, el gesto memorioso de El Espectador e invito a los lectores a leer el artículo que la revista Número le dedica en su última edición al tema. Se titula “Los amuletos del 68”, y vaya que hubo y hay muchos. El mío es un libro de poemas autógrafos de Mario Santiago.

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Auxilio Lacouture. Tibaná-Boyacá.

Sobre el cáncer

Felicitaciones por la nueva página con los testimonios de mujeres sobrevivientes al cáncer. Esperamos que dicha página se mantenga y crezca, porque será una medicina sanadora para muchas familias que sufren este drama y una voz de aliento para sus vidas. Es un digno merecimiento además a los sobrevivientes y un motivo para volverse a enamorar de la vida.

Jesús Milton Mera Gallego. Popayán.

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