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Breve evocación deRoberto Posada García- Peña

28 de febrero de 2009 - 10:00 p. m.

El mismo día que los asistentes al paraninfo de la Academia Colombiana de la Lengua, que preside don Jaime Posada Díaz, oían el exordio del ex presidente Belisario Betancur sobre Antonio Machado, fallecía Roberto Posada García-Peña.

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Machado interpretado por Serrat, leído por tantos, recreada su vida en la biografía de Ian Gibson. Ese mismo Machado que en uno de sus poemas emblemáticos habla que su infancia son recuerdos.

Esos recuerdos de infancia me traen a Roberto en el barrio de Teusaquillo, en el que con varias cuadras de diferencia habitábamos, la familia de su abuelo materno en una esquina sobre el parque, la mía sobre la carrera del extinguido trolly; padres amigos, unidos en el periodismo, en afiliación política.

Luego en la Universidad del Rosario, Roberto ya egresado, su estímulo para que algunos con veleidades periodísticas, que cursábamos segundo año, emuláramos con su página “Nueva Generación” que dirigía en El Tiempo con Mauricio Acero; el contacto que propició en El Siglo, la aparición de “Columna Joven” en las páginas editoriales del diario de la capuchina, la advertencia para que, en cada caso, identificáramos el origen político, lo que se cumplió a rajatabla. Más tarde, su hija recorriendo los pasillos del Claustro en triciclo.

Periódicos encuentros, fortuitos la mayoría, permanente lectura de sus columnas, conversaciones circunstanciales, siempre afecto, reanudación como si nada de diálogos interrumpidos por largos períodos para actualización de desarrollos de vida.

El periodismo, su oficio, ejercido con pasión. Un periodismo hecho con una pluma ágil, precisa, aguda, que honró su progenie, clásico en lo fundamental, a mi juicio como un buen seguidor de Lipmann, presidida por un criterio republicano; desde luego militante —y de qué manera— en el liberalismo, sí con dardos pero sin retos personales o afrentosos para sus contradictores, varios en la etapa de defensa del gobierno Samper.

La recopilación de su producción periodística, desde El Aguilucho del Gimnasio Moderno pasando por el Hincha Azul o Nueva Generación hasta llegar a Torre, puede abarcar más o menos 15.000 páginas, según la tabulación que se hizo en la Universidad del Rosario que emprendió la compilación de tan importante obra periodística, con miras a una antología que sirva de referencia a quienes se aproximen a la visión de un colombiano, en las últimas tres décadas, que inició su tránsito por el periodismo muy joven, empinado diría Martí, en los hombros de su abuelo, de la mano de su padre y posteriormente con una extraordinaria capacidad de ser uno de los columnistas con mayores lectores. A ello se agrega que innovó las entrevistas con sus encuentros alrededor de la cocina, esa novedosa manera de oír a los personajes intercalando respuestas con indagaciones y explicaciones acerca de preferencias gastronómicas o de vinos.

Consciente que lo suyo era el periodismo, estudió derecho; su primer año en el Rosario lo compartió con María Isabel Rueda y Roberto Pombo, entre ausente y presentes los tres hoy en El Tiempo; su tesis de grado, en 1980 durante la Rectoría del doctor Álvaro Tafur Galvis, versó sobre “La legislación económica del Ejecutivo mediante el artículo 122 de la Constitución Nacional”, que fue dirigida por Eduardo Rozo Acuña y cuyos calificadores fueron Nemesio Camacho Rodríguez y Manuel Urueta Ayala; fue siempre orgullosamente rosarista. Al concluir sus estudios hizo un balance de sus profesores, con elogios y reparos por igual, columna que suscitó comentarios en la Facultad; una de sus últimas presencias en actividades de la Universidad fue en la Villa de Leyva en un Congreso de Abogados organizado por su hermano Mario, en el cual hizo una amena intervención sobre “La relación entre el derecho y el periodismo”.

Su impronta será especialmente apreciada en la recopilación de su obra, que tanto le entusiasmó en el segundo semestre del año anterior; intuía que si no lo hacíamos con rapidez no vería el avance; finalmente se honró el compromiso, con la amable cooperación de la admirable y solidaria Lorenza. Roberto se apresuró mucho tanto en el inicio de sus actividades periodísticas como ahora en su temprana partida. “Ha debido vivir treinta años más”, como dijo uno de sus hijos el miércoles.

 Alejandro Venegas Franco. Bogotá

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