Robert Capa sentenció: “Si tu fotografía no es buena es porque no estás suficientemente cerca”. El 25 de mayo de 1954, en la Primera Guerra de Indochina, abandonó el auto del regimiento francés en el que se dirigía y fue a tomar una fotografía que mostrara el avance. Murió minutos más tarde al pisar una mina.
Eddie Adams es mundialmente famoso por haber fotografiado el instante en que el prisionero Nguyen Van Lem es asesinado de un disparo en la cabeza por el general survietnamita Nguyen Ngoc Loan. Acerca de esta toma Donald Winslow concluyó el año pasado en The New York Times que si bien Adams persiguió durante años el Premio Pulitzer, no quiso ganarlo con esta fotografía “tomada por reflejo”. Sobre la toma el propio Adams escribió: “El general mató al Viet Cong; yo maté al general con mi cámara”.
Kevin Carter registró con su cámara en 1993, en Sudán, el padecimiento de una niña famélica en posición fetal que es acechada por un buitre (otra instantánea premiada con un Pulitzer). Hay versiones cruzadas sobre si Carter tomó la fotografía y luego se marchó de la escena abandonando a la niña. Al respecto el St. Petersburgo Times publicó: “El hombre ajustando sus lentes para hacer la toma perfecta del sufrimiento bien podría ser un predador, otro buitre en la escena”. Carter se suicidó a los 33 años agobiado por dificultades económicas.
Los dos reporteros restantes aún vivieron para contar sus historias en la 25 Filbo: Sergio González, invitado al Encuentro Internacional de Periodismo Guillermo Cano, autor de El hombre sin cabeza, un libro que se infiltra en los peligrosos ventrículos que suministran vida al Cartel de Juárez –la ciudad más peligrosa para la prensa en el mundo–; y Santiago Gamboa, quien lanza su última novela, Plegarias nocturnas, narración a tres voces ambientada en varias ciudades del mundo, una de ellas la reciente Bogotá del periodo Uribe. Ambos fueron corresponsales de guerra. Ambos percibieron el denso frío de la muerte: el mexicano en la consciencia de la tortura, el colombiano en la inconsciencia que siguió al estallido de una granada.
Sin embargo… ¿el periodista debería estar dispuesto a morir por su labor? González cree que sí. Gamboa cree que no. Dos opiniones enteramente aceptables. Lo grandioso ocurre cuando González agrega que, no obstante, recomienda a los periodistas evitar el peligro. Y cuando Gamboa, en un acto de exudación literaria, revive complacido cada una de las esquinas que dobló en Bosnia, acaso persiguiendo la nota suficientemente cercana.
*Juan Villamil