En escena aparecen cuatro actores con cabezas que no son las suyas. Las máscaras cubren sus rostros por completo y los condena a una sola actitud para el resto de la función. O eso cree uno, pero no. Las máscaras, aunque estáticas, tienen varios gestos. La luz y la sombra definen una expresión triste, el cuerpo se puede alargar como sonrisa.
En Hotel Paradiso, de la compañía alemana Familie Flöz, el teatro físico y el de máscaras son formas de representación novedosas que llevan la expresión a otro nivel. Los actores deben saber cómo parpadear sin ojos. Las máscaras también comunican sin diálogos (en el caso de Hotel Paradiso), confrontan al actor con su cuerpo y con su ego, caricaturizan los actos. Al ser caretas falsas, no nos preocupamos tanto de “detalles” como la muerte, sino que nos reímos del absurdo, de la tragedia.
Este tipo de teatro también tiene la dificultad adicional de interpretar distintos roles en una sola función, casi como la condición siquiátrica de la personalidad múltiple. Cada rol requiere un trabajo distinto para mostrar una historia nueva y con vida propia. A veces el mismo personaje debe ser interpretado por dos actores, así que no sólo se trata de actuar, por ejemplo, como una anciana, sino como esa anciana.
Otra de las obras con este elemento que se pueden disfrutar en el Festival Iberoamericano de Teatro es Autorretrato con máscara, de Martha Hincapié, que combina danza y video para hacerle un homenaje a la artista mexicana Frida Kahlo y representar su dolor físico y su estilo en la pintura. En cierto momento, la máscara de la muerte crea el efecto visual de que el cuerpo está invertido y nos sumerge en un ambiente onírico. En La visita de la vieja dama, de Teatro Malandro, los antifaces sirven para parecerse a lo que se necesita. Son artefactos escénicos. Y en 24 kilates, de Teatrova, veremos un baile de embaucadores enmascarados (¿crítica social?) y el juego de ocultamiento que las caretas activan. Pienso en las máscaras en las culturas como elementos fundamentales de los rituales. Permiten cambiarse de cuerpo fácilmente, transformarse con la supuesta certeza de que en el fondo se sigue siendo el mismo. Existe la máscara fúnebre, como la de los faraones, para que el difunto no haga su viaje al otro mundo con el rostro inexpresivo, mustio, sino con un gesto triunfal, uno que represente lo que fue en vida. O lo que fingió ser.