En relación con el artículo de la señora Ana Milena Muñoz de Gaviria, “El Festival es algo más que cultura”, quisiera proponer algunas reflexiones.
Cada vez con mayor desparpajo, los medios de comunicación y sus voceros (periodistas, columnistas, locutores, presentadores y todos los demás) suelen dar distintos significados a las palabras de tal forma que las desnaturalizan. Para la muestra un botón: en los noticieros de televisión se refieren a los comerciantes de dólares que trabajan en casas de cambio y en las esquinas de las calles como “profesionales del cambio”. Hasta donde yo sé, no existe esa profesión, por lo mismo ningún título que la acredite, ni personas que puedan presentarlo.
En relación con el artículo aludido, quisiera aclarar, en primer término, que el festival no puede ser ni más ni menos que cultura, porque el Festival es precisamente una de las más claras, precisas y contundentes expresiones de cultura. Por eso quiero referirme a la compleja y nunca bien definida palabra “cultura”.
No solamente son las múltiples acepciones que le adjudica doña Milena, sino que cada día y a cada hora se oyen formas de uso impropias que tienden a desnaturalizarla. Se la pone como una actividad distinta a la economía, “…es cultura y a su vez es una empresa económica cultural”, pero más adelante se dice que “A pesar de ser una actividad económica”; también sería “…una industria”, o “una forma de entretenimiento”, o una función psíquica, cuando se la compara con “la creatividad colombiana”, o una fuente de empleo cuando “…se genera en efecto empleo para miles de personas…”, etc. Referencias que aluden indistintamente al Festival y a la cultura.
La cultura es una noción amplia, compleja y, a la vez, sencilla de aplicar, siempre y cuando no la pongamos al nivel de ninguna de sus expresiones. Propongo una noción operativa y práctica de cultura que puede ayudar a superar su continua desnaturalización: Debemos aceptar que el ser humano necesita, para desenvolver su existencia (su dimensión existencial, por decirlo así), sus dos dimensiones consubstanciales: el espacio y el tiempo. Esas dos dimensiones, en términos coloquiales se pueden traducir a territorio como dimensión espacial y memoria como dimensión temporal. Ahora bien, el producto que surge de la actividad humana (la comunidad como conjunto de seres existenciales) dentro de la dimensión espacial (territorio), mediante el soporte de su memoria (colectiva, en este caso), es lo que se puede denominar cultura. Entonces, cultura como expresión de esa interrelación incluye todo lo que una comunidad ha producido, está produciendo y seguirá produciendo en el futuro. Ese conjunto de expresiones, tangibles o intangibles, materiales o inmateriales, es lo que se conoce sencillamente como patrimonio. El Festival de teatro es un conjunto de expresiones de cultura (de muchas culturas, en este caso patrimonio de esas culturas) que genera multitud de otras expresiones de cultura relacionadas con el entretenimiento (expresión de cultura), los desfiles (expresión de cultura, patrimonio de la comunidad bogotana y colombiana), formas de actividad económica (expresión de cultura), actividades empresariales (expresión de cultura), etc.
Es más, el Ministerio de Cultura debería llamarse Ministerio del Patrimonio, porque es hacia las expresiones de la cultura donde deben dirigirse los planes —es inconcebible planear la cultura—, proyectos y estímulos para que esa interrelación sea cada vez más dinámica, autónoma, independiente y diversa. En Canadá, de hecho, no existe Ministerio de Cultura sino del Patrimonio.
Jorge Enrique Caballero Leguizamón. Bogotá.
El juicioso de Moncayo
Una sociedad que no lloró por su cautiverio de más doce años, no debería llorar por su libertad el último día.
Pablo Emilio fue secuestrado por las Farc en el cerro de Patascoy (entre Nariño y Putumayo) el 21 de diciembre de 1997. Pasaron cuatro gobiernos, tres presidentes de Colombia y dos jefes máximos de la organización guerrillera, desde ese día hasta el pasado martes 30 de marzo cuando él pudo estar de nuevo con su familia.
Se lo llevaron siendo un adolescente, ahora tiene treinta años. Toda su vida adulta la pasó en la selva. Encadenado, humillado, perdido del mundo. Parafraseando a otra persona ex secuestrada, Íngrid Betancourt, no viviendo sino transcurriendo un desperdicio lúgubre de tiempo.
Vuelve a la ‘civilización’. Palabra con la que se refieren a esta barbarie cotidiana de niños muertos de hambre, de pocos hombres y mujeres, millonarios en la televisión y millares pobres en las calles. A esta sociedad que sólo le dio una marcha, la del 4 de febrero de 2008. ¿Creyeron que gritando “No más Farc” los iban a dejar libres?
Cada día de esas personas en la selva debería dolernos en lo más sensible de nuestras vidas. Debería convencernos de nuestro deber político. De nuestra obligación de traerlos a casa.
Los ciudadanos somos responsables, como responsables son la guerrilla y el gobierno de las vidas de los secuestrados y del destino del país. No somos el peso que inclina la balanza, sino la balanza misma. Nuestro deber no es apoyar a una u otra opción, sino participar activamente en la superación del conflicto.
Juicioso es Pablo Emilio, él lo dice: “Lo que yo diga de las Farc en nada va a cambiar la historia de Colombia”. La guerrilla es una realidad que no se puede ignorar pese a que algunos se empeñen en hacerlo.
En los foros de los medios de comunicación por internet, tras sus declaraciones, no tardaron en aparecer mensajes irónicos, amenazantes y estúpidos. La gran mayoría catalogándolo a él de guerrillero, lo mismo que a Piedad Córdoba. Esperaban que alabara a Álvaro Uribe. Cosa que no hizo, y al ignorarlo actuó con justicia, la misma que le negaron el Presidente en sus siete años y medio de gobierno y la guerrilla en los 12 años y tres meses de secuestro.
Yesid Romero. Bogotá.
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