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Cuestión de estilo

07 de mayo de 2010 - 10:00 p. m.

COLOMBIA ES UN PAÍS APASIONANte porque esta sociedad sorprende permanentemente.

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Cuando se creía que el uribismo era imposible de derrotar y que la alta popularidad del presidente Uribe se transmitiría irremediablemente al que fuera su heredero, el panorama cambió drásticamente. Hoy se cumple algo que algunos nos atrevimos a predecir cuando la Corte tumbó la reelección: el fin de la era Uribe. Pero vale aclarar que esa predicción se hizo por razones que hoy se identifican como equivocadas. El liderazgo de Mockus sobre Juan Manuel Santos no se puede entender como la derrota de la fórmula de gobierno uribista, sino más bien como una cuestión de estilo que conlleva un cambio profundo en la forma de ejercer la política.

El país despertó, especialmente en sectores apáticos como había sido hasta ahora la juventud. El país se siente libre, especialmente aquellos sectores que se percibían impotentes ante la posibilidad de disentir. El país se entusiasmó frente a la visibilidad de nuevos estilos de manejo de lo público. Ha llegado un aire fresco donde la censura a la forma tradicional de hacer política finalmente se ha puesto de moda. Para aquellos que trataron de hacerlo antes y sólo recibieron burlas por no entender la política, por querer hacer política sin esos políticos, es como un renacer, es la apertura a un país verdaderamente democrático.

A este cambio han ayudado sin duda los horrores de las últimas elecciones donde, lejos de depurarse el Congreso, se reafirmaron los vicios con los herederos de la parapolítica y de todos los pecados que se creían suficientemente castigados. También han contribuido los escándalos crecientes de las chuzadas y la dureza del mundo frente a la violación de los Derechos Humanos en Colombia. Además, con respecto a las chuzadas, se repite en todos los círculos que por menos se cayó Nixon. Ahora bien, no menos importante ha sido el cambio en las prioridades nacionales que el uribismo se niega a entender y que los partidos de la oposición se demoraron en asimilar. Durante mucho tiempo, ningún candidato presidencial se atrevió a no poner la seguridad como la primera prioridad y se desatendió lo que la gente decía: empleo, salud, educación y después seguridad.

Pero en ese nuevo escenario lo que ha producido el cambio es el estilo Mockus que el país conoce y que se reforzó con Fajardo. No han sido las propuestas específicas sobre qué hacer en el país sino cómo se harían de una manera diferente. Su compromiso con la transparencia en medio de tanta corrupción, de tantas prebendas a sectores privilegiados, menos arrogancia y más humildad.

Si este nuevo estilo triunfa, como parece, se generará un cambio profundo en las costumbres políticas. Quince millones de colombianos eligiendo a un Presidente que no compraría a los congresistas con puestos y contratos sino con ideas, abre la posibilidad de que por fin se acaben esas maquinarias políticas que tanto daño le han hecho a Colombia. A partir de ese momento, los partidos tradicionales se verán forzados a renovarse y a permitir que aquellos que se opusieron a sus prácticas tradicionales tengan una oportunidad. Lección para esas viejas maquinarias: un cambio de estilo era impostergable, ¡les gustara o no!

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