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De locos y cuerdos (cuento de Navidad)

27 de diciembre de 2009 - 07:52 p. m.

Un hombre ya mayor, de casi noventa años de edad, entra caminando por un gran salón atestado de público. El hombre aparece extrañamente vestido.

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Lleva sobre su cabeza un atuendo puntiagudo adornado de piezas de oro que no se inmuta a pesar de que bien puede pesar varias libras. Si ello no bastara, está vestido de una gruesa capa blanca también montada en oros que le llega al suelo y le impide caminar, sobre todo porque, además, cuelgan de su cuello varias cadenas y crucifijos de oro también. Con el fin de no caerse con el peso que soporta de la cabeza a los pies, se apoya en un bastón cuya altura es superior a la suya de modo que, a la hora de la verdad, tampoco le sirve para sostenerse. Diríase que es el bastón quien conduce al anciano. Sólo que, valga decirlo, el tal bastón merece esa dignidad porque es una joya cuyo valor supera los varios millones de dólares. Esta suma de oros y disfraces encaramados en este anciano hacen que miles de asistentes llegados allí desde todas partes abran sus bocas haciendo aspavientos e inclinándose reverentes.

Todos esos oros del vestuario fastuoso del anciano han sido sufragados con limosnas prodigadas, en general, por miles y miles de pobres en el mundo. En efecto, este hombre preside una institución encargada de recoger entre todos los desprotegidos del mundo dineros que acumula cuidadosamente para poder garantizar que en sus desfiles nunca falte oro alguno. Si ello no bastara, el anciano presidente de esta institución que se baña en oros con dinero de los pobres del mundo, va caminando hacia un atrio en el cual, minutos después, se va a despachar en palabras que pronuncia en varias lenguas en defensa de los desprotegidos del mundo.

Pero ocurre que en el camino de oros y cadenas que porta el anciano, una joven mujer salta una barrera diseñada para proteger al anciano, evade su guardia de seguridad, le toma por las cadenas de oro que cuelgan de su cuello y le lanza al piso llevándose de paso al hombre, su vestuario, sus oros y a todos los que le vigilan, entre ellos a otro anciano servidor suyo que al caer debajo del primero se fractura el fémur.

La mujer es puesta presa, sometida a un tratamiento psiquiátrico intensivo y amenazada con ser juzgada. El anciano es venerado por su séquito y alabado por las maravillas expuestas en su discurso. La mujer es vituperada por “loca”. El anciano es venerado por “cuerdo”.

 Bernardo Congote. Bogotá.

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