Muchas veces hemos oído en Colombia que uno de sus principales problemas es la carencia dentro de la frontera agrícola de actividades productivas que generen empleo e ingresos de manera permanente. Muchas veces también, numerosos expertos han relacionado este problema de falta de desarrollo regional con la generación de cultivos ilícitos en las zonas de colonización.
Por eso es necesario saber valorar la importancia que tiene la evolución en las últimas dos décadas del cultivo de palma aceitera. Que hoy Colombia cuente con un renglón productivo que genera desarrollo regional en las zonas donde la palma lo está haciendo, es algo que se debe saber valorar. En los últimos 20 años se ha consolidado como una opción real productiva en el Magdalena Medio, los Llanos Orientales, las sabanas de la costa Atlántica y Tumaco, y en tal sentido se ha convertido en fuente que impulsa la presencia del Estado y en factor generador de bienestar. Los cultivos de palma ya se encuentran en 96 municipios en 16 departamentos, abarcan alrededor de 350.000 hectáreas, involucran más de 7.000 productores y generan más de 100.000 empleos directos e indirectos.
Que la palma de aceite sea una opción de desarrollo para muchos colombianos, se fundamenta en la existencia de un mercado interno en donde se atiende la demanda de la industria de alimentos para la producción de aceites, margarinas y múltiples productos finales e intermedios, de la industria de alimentos balanceados para animales, de otras industrias como las de producción de jabones, cosméticos y pinturas, y de la más reciente dedicada a la producción de biodiésel, entre otras. Existe asimismo un mercado internacional en el que se ha entrado a participar de manera creciente, al punto que en el 2007 se alcanzaron a comercializar 430.000 toneladas en el mercado interno y se exportaron 340.900 toneladas y de estas últimas se han generado divisas por US$233 millones.
Lo importante es que todo este mercado ha generado un impacto social que, de continuar, será muy valioso para toda Colombia. Una demostración de este alcance es la generación de las llamadas Alianzas Productivas Estratégicas con pequeños productores organizados, figura que fue impulsada a finales de la década de los noventa y que hoy se constituye en un rasgo distintivo de esta agroindustria. En la actualidad, hay más de 112 Alianzas que incluyen a cerca de 5.400 pequeños productores que abarcan más de 57.000 hectáreas, un 18% del área total de palma existente en Colombia.
La actividad palmera es un ejemplo tangible de una cadena productiva en donde el cultivador, el procesador y el exportador caminan juntos bajo el principio de que ninguno está bien si uno de los componentes no lo está. Dado el carácter perenne del cultivo —cuyo ciclo productivo dura de 25 a 30 años—, las empresas y los productores vinculados a esta agroindustria han desarrollado progresivamente un elevado compromiso con los trabajadores y las comunidades de su entorno.
En cuanto a los niveles de remuneración al trabajo, el sector de la palma de aceite en Colombia es uno de los más formalizados en el ámbito rural, donde se vela por el cumplimiento del pago de las prestaciones legales establecidas. Algunos estudios han demostrado que la remuneración es 1,7 veces superior al salario mínimo legal vigente, muy por encima del promedio nacional en el campo. De hecho el pago a sus trabajadores es dos o tres veces más que en Malasia, y cinco o seis veces más que en Indonesia, que son los principales países productores de aceite de palma a nivel mundial.
El Censo General de Población del 2005 y otros recientes estudios muestran que en vivienda, educación y salud, los municipios palmeros se destacan sobre los demás que le son similares en situación geográfica.
Un tema de especial interés son las Cooperativas de Trabajo Asociado. El modelo de cooperativismo aplicado al sector palmero dignifica a la persona y desarrolla su capacidad empresarial, transformando el trabajo de sus asociados en capital. Estos atributos, agregados a la flexibilidad en la contratación, resultan elementos claves para el desarrollo del sector rural, ya que además, tienen en cuenta los ciclos productivos y la estacionalidad de la producción.
Un último factor a destacar es que el sector palmero ha desarrollado varios programas y acciones que propenden por la protección del medio ambiente, los recursos naturales y los ecosistemas de las zonas palmeras. Para profundizar en este enfoque, los palmeros colombianos trabajan en el marco de la Mesa Redonda de Aceite de Palma Sostenible (RSPO, por su sigla en inglés), en la Interpretación Nacional de los Principios y Criterios que se han establecido por la comunidad palmera mundial y donde Fedepalma ha sido un actor fundamental. El objetivo es que las empresas colombianas estén a la vanguardia en la consecución de certificaciones a escala internacional de sus procesos y productos.
Con todo este panorama es evidente que ante sus frutos sociales, la palma es la solución y no la causa de problemas. Que criminales intenten desarrollar cultivos de palma y acudan para ello a la violencia es algo que todos los colombianos rechazan y en particular los propios palmeros. No es la primera vez que esto ocurre con una actividad productiva y por eso, nuevamente, los colombianos de bien impediremos que los violentos se salgan con la suya.
Sería un error de incalculables consecuencias privar a Colombia de un factor de desarrollo regional que hoy involucra a muchos, sólo porque unos pocos hacen uso de la violencia para buscar un sitio que no tienen en la sociedad.
Jens Mesa Dishington. Presidente Ejecutivo de Fedepalma. Bogotá.
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