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Ella es como de la familia

29 de agosto de 2008 - 09:42 p. m.

EXISTE UN MERCADO LABORAL LLEno de abusos, discriminación y maltrato integrado por mujeres de todas las edades, etnias y sectores económicos: las empleadas domésticas, esas personas que realizan en casa y en oficinas todo aquello que nos resulta penoso, aburrido y hasta produce asco y que uniformadas o con sus propios chiritos están condenadas a decir sí, siempre, a aceptar extralimitaciones de todo tipo de sus patrones y como encima, deben estar agradecidas.

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Las hay muy jóvenes, niñas aún, que son colocadas por sus padres para ayudar al sustento de la familia; por su edad quedan bajo el total dominio de la buena señora que las recibe y sobre ellas recae todo el peso del cuidado de bebés y niños casi de su edad, quienes con frecuencia descargan sobre ellas la frustración que el abandono de sus padres les produce y no las respetan sino que las maltratan.

Las hay más maduras pero sin preparación adecuada que deben educar a hijos de la paternidad por celular y responder por todo lo de valor que existe en casa. También las hay mayores, cansadas y estropeadas, que sufren el peso de jornadas de más de 12 horas, casi siempre de pie, porque cuando no cocinan, lavan ropa o tienen que hacer el aseo, y eso sin contar cuando llegan los patrones y comienzan por pedir a deshora comida caliente, un vasito de agua o un tintico “que llegamos agotados”.

Su labor, empleada o empleado (que también los hay) doméstico es llamada de manera fea cuando no peyorativa: sirvienta, dentrodera, manteca, y para dirigirse a ellas (porque son mayoría) se dan órdenes y se usa el tratamiento distanciante muy cercano al desprecio, tanto como para que existan en los edificios de lujo ascensores y escaleras “del servicio” porque su presencia en los que usan los propietarios es considerada denigrante para ellos. Y si bien existe una legislación que les define su salario y condiciones laborales, se la pasan por la faja todos y cuanto más encopetada y rica la familia, más ahorra en su pago, y como son varias pues tienen que aceptar menos ingresos ya que “tienen ayuda”.

Somos muy pocos, y me honro en afirmarlo, quienes sin paternalismo ni llamarlas “como de la familia” reconocemos lo valioso de su trabajo y respetamos estrictamente sus derechos constitucionales y los inalienables Derechos Humanos. La media general es tratarla como objetos desechables que se cambian cuando existe discrepancia, endilgarles toda pérdida física que se produce en casa, pagarles lo que se antoja y negarles las prestaciones bajo el argumento de que tienen cama y comida. ¿Salud? Ni pensarlo, las receta la patrona y a punta de analgésicos y sin interrumpir sus labores tienen que arreglárselas. Y si las embaraza el jovencito de casa: ¡zas!, la calle que es una puta.

Por eso es magnífico que la Corte Constitucional haya tutelado los derechos a la vida y a la seguridad social de María Teresa Acevedo Bolívar, quien a sus 60 años fue despedida después de 28 años de servicio, con una mano adelante y la otra atrás, y obliga a sus antiguos empleadores a cancelarle un salario mínimo mensual mientras la justicia ordinaria dirime la querella y resuelve para ella, que hoy tiene 65, las condiciones en que vivirá como adulto mayor que nunca recibió lo legal y trabajaba hasta 17 horas diarias. ¿No es una vergüenza que haya gente así abusando de una empleada doméstica? Y seguro que los Gómez le decían que era y la definían para sus amigos “como de la familia”.

losalcas@hotmail.com

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