Si consideramos el ejercicio periodístico con lenguaje futbolístico, los editoriales que El Espectador publicó los días 22, 23 y 24 de octubre constituyen un perfecto ‘hat-trick’, según llama el argot balompédico inglés a aquella faena en que un jugador anota tres goles en un mismo partido, uno de derecha, otro de zurda y otro con la cabeza.
La primera, “De mayorías y reflexiones” (miércoles 22 de octubre), es el gol con la pierna diestra; un modelo de pensamiento correcto cuando el actual zeitgeist anima unas mayorías 1. Aleccionadas tras años de absorber encuestas a mañana, tarde y noche, 2. Hiperbólicamente fabricadas por el discurso oficial y 3. Hechizadas por el prestigio presidencial, que emergen como pretexto absoluto para que el Primer Mandatario aspire a retener el poder (¡ocho años más a falta de cuatro!). El palo no está pa cucharas: la cantinela de la cohesión social se torna en morrocotudo mamarracho y las uribistas aparecen como mayorías cívicamente catatónicas: estupefactas ante las proezas del ‘superpresidente’ a quien secundan más por suposición, por sugestión y por sumisión que por la genuina forma en que Uribe ha desempeñado su gestión, su misión y su posición. Las huestes dóciles rechazan con encono una idea intolerable: que el germen del yerro continuo es la adherencia de un solo hombre (muy capaz reconozcámoslo) al comando estatal y que, por ende, es preciso tonificar la democracia reemplazándolo al finalizar su segundo, y deplorable, período por otra persona, esperemos completamente diferente. Así, millones hacen la “uribista gorda” mientras “el Presidente de la República (…) mantiene un insano silencio, en lo que parece ser una estratégica ambigüedad para que sus posibilidades de repetición avancen sin los obstáculos de la confrontación”.
El ‘gol’ con la izquierda fue el editorial del jueves 23, “El manejo de las protestas”. Pleno de compromiso social, no apto para quienes miran sin ver, escuchan sin oír y prueban sin saborear. Evidencia que “la estrategia de la criminalización y la descalificación, como si de subversión se tratase, es un peligroso camino para intentar acallar las demandas de sectores a los que el Estado les ha incumplido”. Gancho al hígado continuista que ampara, además, la causa de los movimientos sociales marginados: indígenas, corteros, desplazados (a los que “Pose Orgullo” Gaviria sin inmutarse llamaría “migrantes internos”). En resumen: víctimas. Incluye también una noción esclarecedora: “quizás si la cosecha de los años precedentes se hubiera aprovechado para dar trámite a estos asuntos aplazados, otra podría ser la situación”.
Para redondeo del ‘hat-trick’ editorial, el viernes 24 de octubre llegó el gol de cabeza, con “Y la inteligencia: ¿al servicio de quién?”, a propósito del bochornoso acosamiento manejado desde el DAS (¿o desde más alto?), contra Gustavo Petro y otros líderes opositores. Cabal consumación para un virtuoso circuito crítico: “Es inevitable, tras esta cadena de escándalos, preguntarse al servicio de qué y de quién se están utilizando los servicios de seguridad del Estado”. ¡Eso es usar el cerebro! Todo plantea un interrogante mayúsculo: ¿cuál seguridad, para cuál democracia? Sin duda, una seguridad fundada en difundir paranoias mediante sintaxis sólidas pero aberrantes lleva ineludiblemente a un fanatismo plebiscitario que acabará intentando suprimir a quien se aparte del dogma oficial de la “credulidad dedocrática”.
Como fuere, los tres editoriales rebosan de nobles ideas. Si el presidente Uribe en su sapiencia los acoge, rechazará como a un veneno, ciertas abyectas y hugochavezcas intenciones de acaparar el mando, pues advertirá que un gran gobernante, lejos de intoxicar a su nación con malsanas adicciones a él, la prepara para alcanzar sola los más excelsos destinos. El problema es que el Presidente desestime dichos editoriales y se empecine en seguir al frente, pues quizás argumentos más formidables, como el creciente descontento local, la crisis financiera mundial y el viraje de la marea política internacional en la era Obama, resulten medios mucho menos amables para hacerlo entender.
Alfredo Gutiérrez Borrero. Bogotá.
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