Parece que el crecer y convertirnos en adultos nos hace olvidar el dolor que de niños nos aterraba.
Tanto es así, que cuando nuestro hijo nos comenta que se siente maltratado o no quiere volver a algún sitio, usualmente le damos poco valor al hecho y le recomendamos una fórmula, para nosotros, efectiva: “no te dejes”, “enfréntalo”. Si estamos atinados decimos “habla con tu profesor”, pero aún peor, luego no le hacemos seguimiento a su estado de ánimo y a los hechos que originaron el comentario.
Seguramente el inconsciente nos dice “yo también pasé por eso y lo superé”. Olvidamos el gran dolor que sentimos en ese momento de la vida y sin darnos cuenta estamos, con nuestra miopía e indiferencia, permitiendo que le pase a nuestro propio hijo.
Si bien es cierto que no podemos caer en el extremo de tratar de evitar cualquier roce o dolor a nuestros hijos, e intervenir directamente en la solución de todos sus problemas, tampoco podemos creer que todo es natural, cosas de niños y adolescentes que les deben pasar para aprender a vivir la “ley del más fuerte”.
Algunos adultos que han visto este dolor, que han tenido que sacar a sus hijos de la escuela con el fin de ayudarle a recuperar la estima, han visto la necesidad de movilizarse y buscar aliados para dejar mejores personas a nuestro país.
Empecemos, desde la educación y el ejemplo, a buscar que nuestros hogares y escuelas sean espacios donde se promueva el respeto al otro y que no toleremos ningún tipo de agresión: verbal, psicológica, social, física, sexual, etc. Rompamos el círculo de violencia y hagamos que nuestros niños se valoren y valoren al otro, con sus diferencias, que se duelan con el dolor ajeno y que la justicia, el respeto y la convivencia se vivan en el hogar, el aula, los juegos, la tecnología a su alcance y en los medios que reciben.
Carolina Piñeros
*Directora ejecutiva Red PaPaz.