Sobre el editorial del lunes, “Sudán y la Corte Penal Internacional”, quisiera dar mi opinión al respecto como lector del diario El Espectador.
La emisión de una orden de arresto contra el presidente de Sudán por crímenes de guerra y crímenes de lesa humanidad no es una imposición de valores occidentales sobre Sudán, como lo sugiere el editorial de El Espectador. Existen algunos valores universales que están siendo violados, y en estos casos la acusación de colonialismo es simplemente una excusa para cometer las peores atrocidades imaginables. El ataque indiscriminado contra civiles, la quema de aldeas para forzarlos a vivir en el desierto, el desplazamiento masivo de los mismos y la violencia sexual contra mujeres y niñas no constituye conducta aceptable desde ninguna perspectiva, ni occidental ni oriental.
El hecho de que exista una doble moral en la justicia internacional, donde los Estados poderosos nunca son juzgados por sus maldades, no afecta de ninguna manera la gravedad de la falta moral de quienes cometen crímenes de lesa humanidad en África. En otras palabras, el hecho de que Estados Unidos y Europa también cometan crímenes internacionales no quiere decir que Sudán también los pueda cometer. Por ejemplo, aun cuando hay consecuencias para Jorge 40 luego de matar a un número incalculable de personas y quitarles sus tierras, ningún ciudadano colombiano está moralmente autorizado para cometer la misma atrocidad de nuevo. De la misma manera, los argumentos de “doble-estándar” o “doble moral” del gobierno de Sudán son una falacia, pues al esgrimir este argumento Sudán se está autoacusando de haber cometido esos crímenes mientras pide no ser juzgado por los mismos.
Las falacias del relativismo no pueden paralizar el progreso incipiente de la justicia internacional, la cual no es perfecta ni nunca lo será, pero servirá por lo menos para disuadir a algunos de cometer ciertas atrocidades y mostrar al mundo que existen ciertas conductas que en ningún momento y en ningún lugar pueden ser aceptadas como legítimas.
Guillermo Otálora Lozano. Bogotá.
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