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La gran mentira

06 de marzo de 2009 - 09:02 p. m.

Detesto la celebración del Día de la Mujer porque resalta de manera inequívoca que se trata de una población en condición de inferioridad que todavía tiene mucho por ganar en esta larga lucha por la reivindicación de derechos que, como personas, la Constitución Nacional nos refrenda, pero que en la realidad, en ese día a día en que desarrollamos nuestras vidas nos escaquean, suprimen o menoscaban.

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Comencemos por establecer que quien se ve obligado a pelear sus derechos es una víctima a todas luces, y las mujeres tenemos que hacerlo a brazo partido desde el seno mismo de la familia primero con los padres y los hermanos y hasta tíos y abuelos, luego con el novio y el compañero y el esposo, enseguida en el ámbito laboral y así sucesivamente hasta la misma muerte.

Ya estará torciendo el ceño algún caballero o una dama enquistada en la discriminación positiva porque se ubica en alto puesto ejecutivo sin notar que su salario es a todas luces inferior al de sus pares masculinos y que debe trabajar siempre demostrando que lo merece. Pero lo único cierto es que los estudios a nivel mundial sitúan la brecha salarial mundial en un 22%, frente al 16,5% obtenido a partir de las cifras oficiales de los gobiernos (Desigualdad de género en el mercado laboral, encuesta realizada a 300.000 mujeres y hombres de 20 países distintos). Confirma también el informe de CSI que las mujeres con mayores cualificaciones educativas experimentan una brecha salarial mayor en comparación con los hombres con cualificaciones similares; que la brecha salarial es menor en el sector de empleo público que en el privado, y que la brecha salarial aumenta con la edad.

Y entramos en lo más doloroso: los derechos sexuales y reproductivos que son ignorados y estrujados permanentemente y sin distingo de clase social o nivel de educación en el seno de la violencia intrafamiliar que, sin lugar a dudas, es la causal número uno de depresión, paranoia, sometimiento sicológico, dependencia, golpizas y muerte de mujeres en Colombia. Sí, hay mil formas de violentar sin necesidad de llegar al golpe pero con gran rapidez y facilidad, nuestros hombres aporrean y asesinan a sus compañeras sólo en nombre de una sospecha y por un arranque de celos.

De manera que la condición nuestra no es para celebrar y me descomponen los almuerzos, las misas cantadas, los mensajes edulcorados de los hombres para felicitarnos, en especial, cuando conozco que muchos de ellos tratan como trapo sucio y objetos a sus compañeras de vida. Y bien haríamos todas en no aceptar halagos, regalos ni atenciones en nombre del género cuando el resto del año saboreamos la hiel de la discriminación y el maltrato en todos los ámbitos.

Y, finalmente, les anuncio a mis lectores que por nueva política editorial esta columna desaparece del periódico impreso y pasa a la edición virtual elespectador.com a partir de la próxima semana: nos vemos en la web.

losalcas@hotmail.com

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