Desde el 16 de diciembre empezaba en los pueblos, antaño, la novena de Navidad con su liturgia y sus ritos que eran un primor.
Constituían los anticipos, aperitivos o, para estar a la moda, la cuota inicial de la Nochebuena. Las gentes con el tiempo (no había más que hacer) se iban preparando a recibir el nacimiento del Niño Dios. La naturaleza se sumaba a este acontecimiento luciendo días hermosos cuyos amaneceres bordaban encajes de luz, como si algún querubín asomara por entre las lomas su cabecita blonda.
En las esquinas de la plaza se construían las posadas, a imagen y semejanza de las españolas, orladas de gallardetes y festones y alumbradas por las noches con faroles multicolores.
Los toldos representaban motivos navideños diversos: éste, la casa del herrero con su macho, yunque y fuelles; ése, una cantina donde una muchacha alegre y peripuesta vendía anisado, mistela, puros, cigarrillos y génovas.
Finalmente, más allá, construidas con “orillos” de encenillo, percudidas de hollín, que sostenían una loza de barro esmaltado, unas cucharas y unos cucharones de palo, cerca de un calabazo y una vela de cebo goteando tristemente y dando su chisporroteo, cerca de una casa de cartón de una señora encopetada y, a su lado, una talabartería con su talabartero, en vivo, de malas pulgas y arrechunchos de cincuentón, roído por el tiempo y con el egoísmo que suele atacar a los viejos.
La procesión salía de la iglesia, daba al atrio y declinaba en la calle con figuras celestiales, de carne y hueso; con San José y la Virgen, todos aseaditos, seguidos muy cerca, casi pisándoles los talones, por angelitos, querubines y serafines, todos catires e imberbes, con alitas y pantalones bombachos, con muchos arrequives y firuletes de papel de seda, que eran, como decía la Custodia, para comérselos a besos; les seguían los pastorcitos, de sombreros alicaídos, ingenuos, circunspectos, piadosos y sin piojos.
En seguida venía grave el señor cura, los acólitos con los dos ciriales y la cruz en medio, el incensario y la caldereta con el hisopo adentro, perforando el agua bendita; el organista, la gente hecha una dicha, con el armonio en guando, los cantores de voces blancas y falsetes, y, entre estos, una señorita, que se quedó para vestir santos, cuya voz era un primor, todos ellos a paso de vaca; la chichería que retoza y los gozques demagógicos batiendo la cola.
En cada posada se detenía la procesión; se descargaba el armonio, la cruz y los ciriales; el señor cura, revestido, se quitaba el bonete, batía el incensario, luego metía el hisopo en la caldereta, lo sacaba y lo agitaba hacia los fieles despidiendo agua bendita; se postraba de hinojos en el reclinatorio y entonaba el estribillo de la novena: “Dulce Jesús mío, mi niño adorado, ven a nuestras almas, ven ¡no tardes tanto!” La comitiva replicaba lo mismo en creciente plegaria que se perdía a lo lejos entre las hojas de chisgua.
Se leía la novena; se cantaban los villancicos por esas voces blancas y aladas, que caían como chorro en jarrón de plata, acompañadas por esa música celestial que salía del armonio, el chucho, la pandereta, las maracas, el capador, la dulzaina y el pitillo, que era un artefacto de lata en forma de pajarito que, al soplarlo, daba trinos.
Se apostaban aguinaldos. Los más comunes eran: al hablar y no contestar; al sí y al no; a la estatua (quedarse quieto); a pajita en boca; a palmadita en la espalda y al beso robado que, según se decía, era pecado venial, pero, ¡qué carachas!, se perdonaba con agua bendita.
La procesión, luego de continuar su marcha de posada en posada, volvía a la iglesia. Finalmente unas personas se apostaban en el atrio, otros iban a los toldos de la plaza a tomar anisado y mistela, a charlar, a tocar el tiple y a cantar. Uno de estos cantos decía: “Ay, sí, por el camino, en el último escalón, ya para subir a cielo me acordé que te quería”. Esto se acompañaba con dulzaina y el requinto, que era (o es) una guitarra que se toca pasando el dedo índice o el mayor suavemente y con ligereza de arriba abajo, y viceversa, rozando las cuerdas.
Lo más granado de la sociedad o la gente encopetada se asomaba a los balcones para ver el toreo de la vaca loca, la quema de la pólvora y la echada de los globos. Horas más tarde, a altas horas de la noche, la plaza quedaba silenciosa, como en la fría modorra y tedio de las noches de tren y “extendían por la plaza silenciosa rumor de paz los chorros de la pila”.
José Ríos Trujillo. Bogotá.
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