El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.

Librerías

17 de agosto de 2008 - 06:46 p. m.

Su editorial sobre la desaparición de las pequeñas librerías, tiene algo de razón, mucho de sentimiento, un tanto de injusticia y poca profundidad en el análisis de las causas verdaderas del problema.

PUBLICIDAD

En primer lugar, no hay por qué culpar a los best sellers. Si estudiamos la historia de la industria del libro, veremos que grandes autores de reconocido prestigio literario han sido best sellers. Desde Lord Byron, Daniel Defoe, Joyce, Hemingway, hasta nuestro Gabo, todos en su momento, han recibido el respaldo del público con grandes ventas de sus libros. Es paradójico que por un lado nos quejemos de que no se venden libros, y por otro miremos con desprecio y sospecha de su calidad, a los autores y a los libros que se vuelven populares. El antibestsellerismo es “la enfermedad infantil del intelectualismo”.

Lo mismo parece suceder con las librerías grandes. Se convierten en sinónimo de vulgaridad y de vendedoras de libros banales, por el sólo hecho de ser grandes y perdurar y tener éxito. A menudo se olvida que muchas de estas librerías que hoy son grandes fueron en sus principios pequeñas librerías, que lucharon por años sorteando toda serie de dificultades y de crisis para salir adelante. Y como aquí sí me tocan la fibra personal, me parece por lo menos un descuido que no se nombre entre las librerías pioneras en Colombia, especialmente en Barranquilla, a la Librería Nacional, cuya trayectoria en esa ciudad y luego en todo el país ha sido relevante. Y estas librerías han crecido no sólo vendiendo best sellers sino acogiendo en sus recintos a los más diversos autores y temas y cultivando como lo mandan los cánones del buen librero, una amplia bibliografía.

Queramos o no, la industria y el comercio del libro han sido desde sus orígenes, un negocio. Que dentro de él está implícito el conocimiento, el arte, la memoria histórica de la humanidad, es un hecho. Pero ya era negocio cuando los libreros alemanes vendían por toda Europa el pensamiento impreso de Lutero. Y estoy seguro de que lo hacían más como negocio que por sus convicciones religiosas. Entonces, la librería, como todo negocio, necesita una gestión seria y ponderada. Y en gran parte eso es lo que no son muchos libreros: buenos administradores de sus librerías. Pero la causa principal de que las librerías no prosperen es la de la baja demanda de libros en nuestro país. Es un hecho incontrovertible que los colombianos no tienen el hábito de la lectura. No les interesa leer o lo hacen muy poco. El libro entre nosotros no es tenido en cuenta ni como entretenimiento ni como herramienta de conocimiento y educación.

Entonces volvemos a lo mismo: los negocios para que prosperen y sean exitosos necesitan que los productos que venden tengan demanda. El libro, como cualquier otro producto, se rige por las leyes de la economía y esa es la realidad.

No busquemos en la barca del romanticismo el ahogado aguas arriba ni culpemos irresponsablemente a otros de los males que tienen diferentes causas.

 Felipe Ossa. Librería Nacional, Bogotá.

Envíe sus cartas a lector@elespectador.com

Conoce más

Temas recomendados:

Ver todas las noticias