El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.

Los comentarios de D. Buenavida

04 de diciembre de 2008 - 09:03 p. m.

Qué falta le hacía tener a Bogotá, al fin, una crítica decente de restaurantes. No sólo es muy acertado el último artículo de D. Buenavida sobre Café Amarti, lo han sido también otros pasados donde la crónica ha sido justa sin ser perversa.

PUBLICIDAD

A los bogotanos nos están dando por la cabeza con restaurantes flojos a precios altos que se precian por lo que no son. Qué bueno que haya un paladar con algo de sensibilidad, que pueda ir probando y a través de la columna ahorrarnos dinero y enojo. ¡Bravo por esta iniciativa y que viva la buena mesa!

Manuel Quintero. Bogotá.

Diplomacia y meritocracia

El incidente protagonizado por el cónsul de Colombia en Maracaibo, Carlos Galvis, que ocasionó su inmediato retiro para evitar nuevos roces con el vecino país, y el nombramiento del general Montoya como embajador ante República Dominicana, como una forma de compensación por haber tenido que renunciar a la comandancia del Ejército en virtud de habérsele adjudicado la responsabilidad administrativa y operativa de los mal llamados falsos positivos (la política es del Ministro de Defensa, pero él no renunció), corroboran el manejo errático y clientelista que el Presidente le ha dado a un área de la actividad estatal, que como la diplomática tiene gran incidencia en el papel que desempeña el país en el concierto internacional y en su imagen externa.

Los casos de Salvador Arana, ex embajador en Chile, y de Jorge Noguera, ex cónsul en Italia, actualmente procesados por varios delitos relacionados con el paramilitarismo y que hasta última hora recibieron el espaldarazo del Primer Mandatario; de Luis Enrique Osorio, hoy embajador en México y cuya gestión como Fiscal se encuentra seriamente cuestionada como se desprende de las numerosas denuncias que contra él cursan en la Comisión de Acusaciones de la Cámara, para quien el Presidente Uribe no ahorró elogios en su reciente visita al país azteca; y de Juan José Joaquín Chaux, quien tuvo que renunciar a la Embajada de República Dominicana por su sospechosa intervención en el caso Job, ya ponían en evidencia la poca estima que el Ejecutivo tiene por la diplomacia.

En contravía con las declaraciones gubernamentales que proclaman a los cuatro vientos la meritocracia como uno de los postulados cardinales de esta administración, la provisión de los cargos diplomáticos ha obedecido al cumplimiento de compromisos clientelistas o a expresiones de simples afectos personales. Con este proceder mal ha estado quedando el Estado colombiano ante un mundo globalizado en el que la diplomacia desempeña un papel de suma trascendencia y que le ha costado no pocas fricciones con algunos países.

A pesar de las fundadas críticas formuladas y de las reiteradas recomendaciones sobre el particular, no ha sido posible el establecimiento de la carrera diplomática en el Ministerio de Relaciones Exteriores y ésta es una de las razones por las cuales nuestra política internacional carece de la coherencia, solidez y seriedad que la coyuntura internacional demanda.

Se hace pues imperativo una reestructuración de nuestra Cancillería y una reformulación de nuestra política exterior para que Colombia pueda recomponer sus maltrechas relaciones internacionales y mejorar su imagen.

Pedro Manuel Ospina Andrade. Bogotá.

Envíe sus cartas a lector@elespectador.com

Conoce más

Temas recomendados:

Ver todas las noticias