Primero las buenas noticias: Armando Montenegro ha descubierto a los desplazados (“Desplazados por subsidios”. El Espectador, 10/ 19/08).
De todos, elige la parte que le conviene para su fábula moral: siguiendo el formato de la historia apócrifa de las reinas negras del seguro de desempleo que le ayudara a ganar la presidencia a Ronald Reagan en 1980, Montenegro nos regala la historia de los reyes magos del desplazamiento. Una familia de un municipio sin violencia (¿dónde quedará, por Dios, ese remanso de tranquilidad en este país?) se viene a la ciudad a gozar de los beneficios sin límite que favorecen a los desplazados. ¿La clave? Entrar al registro único de desplazados con la ayuda de una oscura red de abogados corruptos. Después viene el paraíso sin fin: Familias en Acción, el Sisbén 1, la ayuda de emergencia y, si están de buenas, hasta un subsidio de vivienda para un palacio de 20 ó 30 m2 en la periferia de nuestras ciudades.
Lástima que la lógica de la fábula de Montenegro no funcione. Supongamos que la familia existe y que ha venido a Bogotá, o alguna capital de departamento, a disfrutar de las ventajas sin límite que da la condición de desplazados. La primera implicación es que su situación en el lugar de origen era tan mala que prefirieron vivir de limosna en la periferia de una ciudad, a permanecer allá. ¿Y cuál es el gran paquete de subsidios que ofrece la ciudad a estos reyes magos del desplazamiento? Una ayuda de emergencia (no entregada en un 80,4% de los casos, según la Encuesta Nacional de Verificación) que consiste en un auxilio de alquiler por tres meses, tres remesas (que no pasan de $100.000 cada una) y ayuda médica.
¿Y Familias en Acción y el acceso al Sisbén 1 —esas joyas de la corona de la fábula de Montenegro—? Mala suerte otra vez para el columnista: ambas hacen parte del paquete de ayuda del Gobierno a los más pobres del país. No son concesiones graciosas a los desplazados. Familias en Acción da un subsidio de $40.000 mensuales por cada hijo que vaya a la escuela y el Sisbén garantiza el ingreso a un servicio de salud que ningún colombiano elegiría para sí mismo.
Sumen ahora los “grandes” beneficios que da la doble condición de desplazados y pobres en Colombia: como la ayuda de emergencia desaparece al tercer mes de haber sido aceptados en el registro único, sólo quedan los beneficios que reciben los más pobres entre los más pobres en este país de muchos pobres. No llegan a los $100.000 mensuales. ¡Y esos son los subsidios perversos que crean la informalidad en Colombia!
Concuerdo con el horror de Montenegro, pero por otros motivos: los pobres del campo colombiano tienen que ser demasiado pobres para preferir la vida de limosna subsidiada de las ciudades a la vida sin oportunidades de sus veredas. ¿No cree el autor que valdría la pena explicar el porqué de esta pobreza extrema que lleva a miles de compatriotas a preferir la infamia de los subsidios irrisorios a la autonomía económica?
Hay, sin embargo, una pobreza peor. La pobreza del pensamiento de estos pensadores chic que tratan de explicar la pobreza y la informalidad del país, y hasta el déficit fiscal, por la existencia de unos subsidios irrisorios. No es nada nuevo: el pensamiento chic siempre se ha regodeado en las proposiciones que van en contra de la verdad y de toda evidencia. Si no viviéramos en Colombia, las fábulas del pensamiento chic ni siquiera merecerían una respuesta. Pero con tantos desplazados y tantos pobres resultan, por decir lo menos, ofensivas.
Boris Salazar. Cali.
Del embajador de Italia
En la edición del pasado 12 de octubre, el señor Juan Esteban Constaín, en el artículo “Italia y la Camorra: ¿cosa nostra?”, define al Estado italiano como “uno de los más corruptos del mundo,… que haría enrojecer de pudor a cualquier tiranuelo en una república bananera del trópico. Un Estado anquilosado e ineficaz,… que está en manos de figuras de opereta que lo son básicamente porque representan a cabalidad a la sociedad que los sufre y los levanta,… Una sociedad que sabe que la ley se hizo para ser violada… y en la que ni lejanísimamente, pese a todo su arte y todos sus milagros, existe una noción de la vergüenza y de la indignación”.
Me sorprende profundamente una definición tan ofensiva y gratuita hacia el país que represento con orgullo y que ha dado grandes aportes, entre otros, al mundo de la cultura jurídica, del arte y de las ciencias.
Gerolamo Schiavoni. Embajador de Italia. Bogotá.
Encapuchados
Son sólo pequeños grupos; aun así, causan mucho daño. Me refiero a los violentos que confunden campus universitarios con campos de batalla. Aquellos que, de la manera más vulgar, se arrogan la facultad de convertir los claustros en trincheras bélicas desde las que pueden ejecutar contiendas con la Policía ¿Que por qué se cubren la cara? No es para protegerse de los embates de enemigos, no es para salvaguardar su identidad de los persecutores de sus cualidades críticas, esos son sólo engaños; se cubren la cara porque saben que están cometiendo actividades ilícitas, como fabricar y hacer estallar explosivos (a los que les agregan metralla), o como destruir las instalaciones universitarias, y como buenos cobardes no son capaces de asumir su responsabilidad por sus indebidas empresas.
El día 22 de octubre en la Nacional (Bogotá) acometieron otra de sus ‘travesuras’: la estéril batalla contra la Fuerza Pública, encapuchados contra policías, deplorable espectáculo ese. Unos días antes, en la sede de Medellín de dicha universidad otro grupo de vándalos arremetió, no ya contra las autoridades, sino contra la misma Alma Máter: destruyeron una biblioteca. ¿Y qué no decir respecto a los daños que le hicieron el mismo día de su inauguración, hace unas semanas, al edificio de Ciencia y Tecnología y a algunos vehículos de los invitados? Las universidades están en mora de aplicar eficaces correctivos ante semejantes destructores que, distorsionando por completo el sentido de la Universidad, no han hecho más que destrozar sus bienes y desprestigiarlas. Frente a los encapuchados y sus acciones violentas no puede haber laxitud, ni matices, sólo condenas. Las universidades deben ser embajadas de paz, basta de violencia.
Duván Rozo Riaño. Estudiante de Antropología, U. Nal. Zipaquirá.
Envíe sus cartas a lector@elespectador.com.