El problema del TLC se ha enfocado falazmente hacia discusiones superficiales sobre el “odio” o el “amor” de Estados Unidos hacia Colombia y viceversa.
Esas falacias, propias de un sistema de gobierno pasional e irracional por tanto, evitan tomar el toro por los cuernos y discutir las verdaderas dificultades que ha enfrentado Colombia frente a los intereses del potencial socio gringo en el comercio bilateral. Esas dificultades se pueden explicar examinando los altos costos de transacción en que incurre Colombia para producir bienes o servicios.
Hasta ahora la oposición demócrata de Estados Unidos ha puesto encima de la mesa sólo los costos de transacción explícitos en el asesinato de centenares de sindicalistas en Colombia. Y se oponen a ese costo porque sin el contrapeso adecuado patrón-trabajador, los costos de producción salariales resultan impuestos por un sistema patronal que los pone a la baja, sí, pero cuyo beneficio no les convierte en menores precios que beneficien al comprador-socio del TLC sino en mayor renta patronal. De esta forma, la eliminación de los sindicalistas beneficia al régimen patronal pero no al comprador, porque los precios nunca bajan por ese concepto y la ganancia queda en el bolsillo del empresario, lo que significa que asociarse con Colombia obligaría a los gringos a pagarles a los patronos colombianos más dinero por sus productos del que otros vendedores les ofrecen.
A los gringos ni a cualquier otro país medianamente racional les interesa asociarse con un Estado que, como el colombiano, para sostener al Poder Legislativo incurre en altos costos de transacción como los que paga cada senador o representante para ser “elegido”, costos que por la vía de la coima y el serrucho elevan los precios de nuestros productos o servicios y que, gracias a los TLC, pretendemos que sean pagados por nuestros socios externos.
Así las cosas, el debate se puede resolver proponiendo la paradoja nietzscheana (“Humano, demasiado humano”) según la cual al hombre superior le conviene dedicarse a comprender antes que “amar” u “odiar”, porque caminando por el primer sendero el amor o el odio se reducen a pasiones menos perjudiciales para la vida.
Bernardo Congote
Navidad a medias
Adelantarnos, ¡pero a todo! Cuando de la rumba, el jolgorio y el desorden se trata, en dos pelotazos aparecen los recursos, la disponibilidad, la logística y la coordinación perfecta. No se necesitan convocatorias; todos dicen presente y ofrecen disponibilidad absoluta.
Lo observamos en los días dedicados a padre y madre, de amor y amistad y de brujitas. En las justas deportivas y faranduleras como en los conciertos.
Pero mi deseo es hacer énfasis en la que se ha convertido en la temporada más larga del año, que corre del uno de septiembre hasta mediados de enero. ¡Diciembre!
Es admirable y absurdo ver cómo ya se encuentra toda la ciudad decorada con las figuras alusivas a diciembre colgando en árboles, postes y además con pasacalles alusivos a la temporada.
Qué tal si de igual manera le pusiéramos todo ese ímpetu cuando se inicia el verano y hasta que regrese el invierno, que siempre se ensaña en los hogares más pobres y olvidados; dedicarnos a asegurar las estructuras de las viviendas y adelantarnos a prevenir desastres en los lugares mas vulnerables.
Si esos mismos cuatro largos, participativos y desprendidos meses dedicados a navidad los empleáramos a mejorar la calidad de vida de las mujeres abusadas, ultrajadas, abandonadas y estigmatizadas a levantar solas y a educar dos y hasta cinco hijos.
Pero da verraquera, y mucha, que sólo para pasar bueno nos adelantemos a los preparativos y dispongamos de todo como por obra y gracia del Espíritu Santo.
Raúl de Jesús Moreno S. Bogotá.
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