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Monumento a los próceres

05 de diciembre de 2008 - 08:10 p. m.

Leo en El Espectador del viernes 5 de diciembre, página 16, que Jaime Guevara propone construir aquí, en mi provincia, un monumento a los “próceres” en el cañón del Chicamocha, imitando el del Monte Rushmore en Estados Unidos.

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Valoro su sentido latinoamericano, pero le pregunto si en plena tierra “comunera” no sería más original y justo construir uno a los hombres y mujeres anónimos que lucharon por la emancipación de estos pueblos. O, para ponerlo en términos del maestro Fals Borda, acaso construir un monumento “anfibio” o con “dos canales”: uno de la Historia Monumental, de los grandes nombres (los Bolívar, Santander, etc.) y uno de historias mínimas, de los sin-nombre (los Jacintos, las Juanas, etc). En estos tiempos en que tanto se habla de Bicentenario, conviene releer la Historia de Henao y Arrubla y comprender hasta qué punto la “historia oficial” estuvo hecha a partir de profundos vacíos y maniqueísmos. Uno de ellos es encontrar en las páginas de ese libro que el movimiento de los Comuneros no tenía (ni podía tener) la más mínima idea sobre Libertad, pues ésta estaba reservada para las élites criollas. Lo leo en un excelente artículo de Santiago Castro Gómez, en el libro colectivo, Genealogías de la colombianidad. Ojalá se hable de este libro en el “Rincón de la academia” de los domingos o en “Página de libros” de los viernes.

 Antonia Herrera. Bucaramanga.

80 años de vorágines…

Quiero felicitarlos por abrirle espacio al “ensayo” histórico y/o literario en sus páginas. Magnífica la historia que nos cuenta Isaías Peña (“José Eustasio Rivera, derechos sin reservas”) en El Espectador de ayer. Me anima a leerla de nuevo. De hecho, creo que con La vorágine pasa lo mismo que con otras novelas que se leen en el colegio: se frustra la emoción al tener que aprenderse de memoria nombres y lugares para pasar un examen. Se rompe así el ritmo de lectura personal y el goce libre. Releyéndola, me pongo a pensar en un aspecto que no se suele resaltar mucho en la historia de Rivera: lo teológico-político. Me refiero sobre todo al caso de las “misiones de evangelización” que fueron las que ejercieron la soberanía nacional por esos años aciagos. Pienso sobre todo en los “montfortianos”, una comunidad religiosa de origen francés que incursionó en los entonces “territorios nacionales” para salvar “almas”. La infamia del caucho y la Casa Arana no habría que leerla sólo desde un prisma económico (como una economía de extracción). Pienso en más personajes anónimos que pueden captarse entre líneas en La vorágine. Los personajes menores, los ínfimos que a veces ni conocemos sus nombres. La historia de las “vidas infames” como las llama Foucault o Borges. Esos seres casi imaginarios que rodean el tiempo y nos hacen de vez en cuando un guiño desesperado. Pienso en uno de esos hermanos montfortianos. En sus vorágines interiores. En un amor prohibido que pudo tener por esos lugares solitarios que describe Rivera. En fin, para no seguir divagando, quiero manifestar mi satisfacción por la sección Cultural de los viernes. Sigan publicando ensayos. Ah, ¿y para cuando un nuevo “magazín dominical”?

Enrique Téllez. Bogotá.

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