No hallan cómo demeritar la Operación Perfecta; en particular gente que no tiene ni idea de cómo es estar allá con la vida en un hilo. Por qué no dejamos el tema quieto, o habrá que deshacer el ejercicio “para que se acabe la vaina”, como dice Carlos Vives.
O sea, devolver los 15 a la selva para que los envidiosos queden contentos. Que fue antes o después que se usó el emblema de la Cruz Roja ya no tiene relevancia y sólo la tuvo como preámbulo para ejecutar la operación con éxito rotundo allá, internamente, para lograr el objetivo.
Es una lástima que no todos prestemos servicio militar, si así fuera entenderíamos que en cuestiones de inteligencia todo es válido dentro de la ley y la justicia, y en cuestiones de guerra también. Así que echémosle tierra y démonos cuenta que estamos descubriendo “que el agua moja” metiéndonos en temas que desconocemos con el único objeto de dar una chiva. Dejemos operar al Ejército por favor, no le echemos más leña al fuego que la operación fue superperfecta, ojalá haya más iguales, ya que el país las necesita.
Fabio A. Ribero Uribe. Bogotá.
El presidente Zaldúa
Una vez más Fernando Araújo Vélez nos deleita con sus crónicas de “ultratumba”. Ahora, poniendo a sonar el nombre del presidente Zaldúa. ¿Quién se acuerda de ese prohombre radical de la República antes de la Regeneración? No me imagino en qué estado se encontrará su tumba en el Cementerio Central. Que yo sepa, Zaldúa no tiene estatuas públicas, a diferencia de su “asesino”, como lo califica Araújo, Rafael Núñez.
Tampoco hay casa-museo Zaldúa. En cambio Núñez ha gozado de todo tipo de privilegios póstumos (billetes, avenidas, órdenes al mérito, etc.). Así le paga la República a quien bien le sirve. En el caso de Zaldúa, con el olvido. A diferencia de la frase que pronunciara Juan Montalvo con respecto al dictador ecuatoriano García Moreno (“mi pluma lo mató”), con Núñez se puede decir, “mi ambición política y mi envidia mataron a Zaldúa”. Araújo Vélez suele sugerirme públicamente excelentes historias para escribir cuentos o novelas. Su trabajo es irreemplazable. Con Zaldúa he pensado más bien en un argumento para escribir un guión de cine. Incluso podría tomar prestado el título “el asesino de Zaldúa”.
Allí se contaría la historia de uno de los descendientes de Zaldúa que trata, en vano, de reivindicar la historia de su ancestro. Durante años escribe una voluminosa biografía que ninguna editorial se anima a publicar. La gente quiere “regeneradores” que trabajen, trabajen y trabajen, y nadie quiere saber de un presidente que murió en ejercicio de sus funciones, víctima de los ataques inclementes de un folclórico político costeño. Este bisnieto de Zaldúa, en su ardua e ingrata tarea de rescatar la memoria del presidente “muerto”, se dedica a construir un museo en su nombre. Cuando está a punto de inaugurarlo se da cuenta de que le falta un objeto muy preciado por los hombres (western) de esa época: las pistolas. A última hora, Araújo Vélez le recuerda que un día de 2003 él vio las pistolas originales de Zaldúa. El bisnieto busca en todos los anticuarios hasta que las encuentra. Falta el final. Pero eso es otra historia.
Paul von Leopold. Bogotá.
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