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Realidad modificable

22 de mayo de 2008 - 08:00 p. m.

Vivir en Colombia, ser colombiano, genera unas condiciones de vida de una especificidad muy definida y seguramente extraña e incomprensible para el resto del mundo.

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Un país en plena actividad en todos sus frentes, que mantiene relaciones políticas y económicas con todo el mundo con un marcado propósito de normalidad, desde un estado democrático que internamente responde a reglas establecidas que las grandes mayorías acatamos y que dentro de ellas participamos, se ve sometido a unos niveles de pugnacidad y violencia que corresponderían, en otro ámbito, a una situación de caos en la que ninguna expectativa de desenvolvimiento normal de actividad social sería concebible.

El odio, la envidia, el ansia de poder o de riqueza son instrumentados por la mentira, la calumnia, la interpretación malintencionada del propósito que dio origen a la decisión ajena. Ninguna acción u opinión que provenga del poder legítimo es acatada sin la sombra de la suspicacia que atribuye motivos ocultos y perversos. Y en medio de ese océano de fuerzas en conflicto, la destrucción física es simple corolario de una situación que pareciera inmodificable.

Pero eso no es cierto: es simple apariencia. Sí es modificable. Por encima de nuestra clase política, de sus ambiciones mezquinas, la gran mayoría de los colombianos queremos construir un país justo y pujante en el que podamos dar pleno despliegue a nuestra capacidad creativa. Contra lo que quisieran nuestros formadores de opinión, hemos aprendido a darle prelación a la razón sobre nuestros afectos, a la acción política que se apoya en buenas intenciones sobre aquella cuyos ci mientos se apoyan en la mentira y el interés egoísta.

Nuestra capacidad de discernir entre lo cierto y el engaño ha alcanzado un nivel más sofisticado que el que se necesita para decidir de qué lado está la verdad cuando la Interpol certifica la autenticidad formal del contenido en los computadores de Raúl Reyes. Para aquellos políticos que quisieran jugar al lado del coronel Chávez, una palabra: ojo que con su silencio y aparente indiferencia, por la descalificación que hacen Chávez y Correa del informe de la Interpol, pudieran desaparecer totalmente del panorama político colombiano. Por último, estén también dispuestos a hacerle frente al contenido de esa información.

Jorge Hernán Abad C. Medellín.

Perlas de un conflicto

El acomplejado presidente venezolano refrita su anti paramilitarismo descalificando al presidente Uribe porque extraditó a su cúpula, y en ello se asemeja a la oposición en Colombia que criticó acremente la Ley de Justicia y Paz por las condenas inferiores a una década para quienes se acogiesen a ella y ahora que van a recibirlas en cantidad superior también critican por el simple hecho de hacerse sentir como opositores. Ahora Piedad Córdoba afirma que los computadores sí fueron alterados, demostrando más conocimiento que los expertos en informática forense de la Interpol. Esta pelea con los enemigos declarados de nuestra democracia va destapando día a día los sentimientos de actores de nuestra política, incluso para ayudar a perjudicar a la nación.

Raymundo Vanegas Torres. Bogotá.

Nuevo formato

Lo más importante para mí era leer en compañía de mi esposo el periódico El Espectador. Era muy fácil separarlo y distribuírnoslo. Con el nuevo formato, que es novedoso y hasta ágil, no nos es posible leer al mismo tiempo. Sugiero el mismo formato y el mismo tamaño, pero con las separatas como en el pasado. Éste ha sido el sentir de muchos lectores y por eso me atrevo a transmitirlo. Los felicito y espero que periodistas tan independientes nos sigan ilustrando del día a día del país.

Adriana Barbery García. Bogotá.

Mitos y drogas

Excelente el símil del columnista Daniel Pacheco, el día martes, entre el general Óscar Naranjo y Sísifo, personaje de El mito de Sísifo, ensayo sobre El Absurdo del escritor francés Albert Camus. La tarea del general de luchar incansable y a todo instante para erradicar el narcotráfico es imposible, mitológica. Tragicomedia dañina y letal de una sociedad globalizada que no quiere entender que tan incrustado y rentable negocio de la sociedad neoliberal no se erradica con fumigaciones de cultivos, muertes, detenciones, expropiaciones y hasta extradiciones acordadas para las inevitables negociaciones dentro de la justicia norteamericana. Nuestra soberanía e independencia nos deben servir, al menos, para proponerle al mundo civilizado, por medio de expertos, en foros universitarios, intelectuales, burócratas, etc., la inaplazable y urgente necesidad de legalizar la droga. Con la ayuda de empresarios y con el dinero que producen los impuestos a los vendedores, consumidores y exportadores, los Estados pueden establecer una verdadera salud preventiva y de recuperación para los adictos. Con la legalización, los precios no serían muy atractivos y, por ende, el negocio decaería. A fin de cuentas, es absurdo penalizar por los siglos de los siglos. Es mejor concientizar para vivir sin sangre y fuego, pero con dignidad y libertad.

Ómar León Muriel Murillo. Medellín.

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