Que el Gobierno no le busque cuatro patas al gato, sino que regule los “tumbes legalizados” de los bancos a los ahorradores hasta en la más mínima e insignificante operación o movimiento que haga el cliente; y para complemento el invento del 4% que en nada ha solucionado la pobreza en Colombia.
La solución está en legislar contra la usura, la avaricia, la codicia y las astronómicas utilidades de los bancos. Que se escuche el clamor popular que para eso elige el pueblo.
Jaime Serrano Gómez. Cartagena.
Sobre DRFE
Como ciudadana de Villagarzón, Putumayo, solicito muy gentilmente se nos colabore para que los dineros que fueron incautados a DRFE sean devueltos lo más pronto posible. Muchas de las personas que invertimos allí lo hicimos con el objetivo de brindar un mejor futuro a nuestros hijos, a quienes enviamos a la universidad a otras ciudades a superarse, ya que en Putumayo carecemos de excelentes universidades y no ofrecen las carreras que nuestros hijos aspiran estudiar.
Rogamos se ordene a quien corresponda nos devuelvan los dineros que invertimos, de lo contrario quizá muchos de nuestros campesinos lamentablemente regresarán a la siembra de los cultivos ilícitos, porque en esta zona roja no existen fuentes de trabajo, y de alguna manera estas empresas han mitigado en cierta forma el hambre, el desempleo, la descomposición social y el alto índice de homicidios por secuestros.
Este Putumayo tan olvidado necesita de su intervención, por favor no nos olviden.
Eliana Morán. Villagarzón.
Pobres, no idiotas
De un tiempo para acá es usual escuchar en la radio y en la televisión, o leer en los periódicos y las revistas, con motivo de las pirámides, exaltados espíritus que pregonan un moralismo y una superioridad intelectual bastante despreciables.
En el mejor de los casos, aquellos que perdieron su dinero son vistos como “incautos” y “despistados”. En el peor, simples “ignorantes” sin conocimiento alguno. En la mitad, “codiciosos” que escogen el camino fácil.
Pero ninguno de estos encumbrados analistas que predican una rectitud moral y se llaman a sí mismos ciudadanos despiertos y educados se toman siquiera la molestia de considerar el contexto en el que estas pirámides surgen, así como las razones de su consolidación. El trasfondo de la situación es también el de la credibilidad social que adquieren estas pirámides en los lugares a los que el Estado no ha llegado. Los colombianos que han perdido su dinero —algunos, por lo menos— probablemente son pobres. Pero eso no los hace idiotas. Ciertamente tampoco moralmente inferiores.
Paula Idárraga. Bogotá.
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