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Sobre Alan Jara

16 de febrero de 2009 - 09:12 a. m.

Al igual que el discurso presidencial de Barack Obama, la entrevista ofrecida por Alan Jara a su llegada a Villavicencio, del largo cautiverio en la selva, ha dado mucho de que hablar.

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Pero, a diferencia del primero, sus reflexiones cognitivas debieron desilusionar a gran parte de la población que esperaba que llegara explotando como una bomba racimo con perdigones de odio y resentimiento, surgidos del cruel “raponazo de 7,5 años de su vida”. En realidad, fue la decepción para quienes aspiraban enriquecer el arsenal que convalida la prolongación de la guerra, viendo en sus palabras el peligro que puede correr el “negocio de la guerra”.

Alan Jara llegó tranquilo, como disfrutando esa libertad que para él apenas parecía descubrir por primera vez. Hablaba sosegado, muy consciente de lo que decía, dando rienda suelta a su pensamiento racionalmente procesado por un largo tiempo. Un pensamiento dialécticamente despojado de las impurezas del maléfico odio y del disociador rencor y, sobre todo, del venenoso dogma político-religioso que tanto daño ha hecho y hace a la mente de los colombianos.

Por la claridad mostrada en la entrevista, Alan nos dio muestras de haber llevado a cabo un análisis de fondo sociológico y hasta psicológico del medio social donde se encontraba. Su cultura le permitió utilizar sus propios recursos pedagógicos y, por otro, entender la naturaleza de un fenómeno que nos avergüenza por décadas por la carencia de una voluntad resolutiva y altruista. Allí en la selva, “encadenado a un árbol”, él comprendió las dolorosas consecuencias del “negocio de la guerra”, al igual que Luis Eladio Pérez, Consuelo González de Perdomo, Gloria Polanco y Sigifredo López, que solo con el “intercambio humanitario” se logra despejar el camino para un acuerdo de paz. Algo parecido le sucedió a Cervantes cuando en una prisión logró concebir El Quijote.

Pero sus afirmaciones, nunca desmentidas, de la ausencia de “voluntad presidencial para una liberación por vía política” y de que las “Farc no está acabada mientras halla miseria”, molestó los tímpanos de los defensores de la guerra. En virtud de ello, el presidente y el comandante de las FF.MM. precipitadamente arribaron a la casa de Alan, escoltados por un psiquiatra militar, con el propósito de callar a ese “loco que se ha ido de lengua”, y trasladarlo inmediatamente al Hospital Militar para “proporcionarle atención psiquiátrica”. Al parecer Alan sospechó de tanta generosidad e hizo caso omiso de la oferta. Tal vez ya era conocedor de aquellos viejos procedimientos realizados en EE.UU., Rusia, Francia, Inglaterra, Alemania y hasta en Brasil, Argentina y Chile, en sus tiempos aciagos, sobre la utilización de la Psiquiatría como instrumento policivo contra los que piensan diferente. Se “remite efectivamente a la locura a cualquier pensamiento opuesto o diferente”, señala Michel Foucault en su obra Un diálogo sobre el poder. Si los disidentes políticos constituyen un “peligro” es esa la razón por la cual deben considerárseles “locos”, siendo los psiquiatras los encargados de “reparar estos desórdenes”. Por ello, en el doctor Jara irían a confluir la Seguridad democrática y la Psiquiatría política democrática.

 Jaime Altamar Ríos. Villavicencio.

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