Teófilo Stevenson, el más grande boxeador aficionado de todos los tiempos, fallecido la semana pasada en La Habana, representó la pureza del deportista y la coherencia del ser humano, todo dentro de una lealtad por los valores, los principios y las convicciones.
Cuando comenzó en el boxeo quiso ser el mejor pegador aficionado del mundo en la máxima categoría, y lo logró. Fue triple campeón olímpico, en Múnich 1972, Montreal 1976 y Moscú 1980 (le faltó Los Ángeles 1984, porque su país se unió al boicot contra Estados Unidos), y también tres veces campeón mundial. Tuvo la oportunidad de alcanzar la gloria profesional y una importante fortuna, porque su época coincidió con la más grande y rentable de la historia del boxeo, que benefició a héroes como Cassius Clay (Muhammad Alí), Joe Frazier y George Foreman.
De manera paralela se educó bajo los sistemas establecidos en Cuba y alcanzó la madurez profesional que lo convirtió en un líder del deporte de su país. Tuvo la oportunidad de ser opositor y desertor de un régimen por muchos criticado, y recibir los beneficios en sociedades aparentemente más desarrolladas que la suya.
Pero ninguno de estos caminos siguió: nunca abandonó el boxeo aficionado ni las huestes de la revolución, y de los dos se convirtió en un símbolo que atravesó el resto del siglo XX y sobrevivió intacto, transparente y limpio, a pesar de los fuertes cambios deportivos y políticos que vivió el mundo.
Subió a los más exigentes cuadriláteros del mundo, pero como aficionado, y a cambio de la gloria recibió muchas felicitaciones y la enorme alegría de ser el mismo siempre.
A Stevenson lo conocí y traté en varias oportunidades, y puedo dar fe de que se trataba de un niño grande, humilde, inocente y sencillo, que amaba lo que hacía, que vivía con los justo y que estaba convencido de la sinceridad de su amigo Fidel y de las bondades de la revolución.
Fue miembro del Parlamento cubano, desde donde defendió los programas gubernamentales en favor del deporte y de la educación, y también trabajó en la Federación Cubana de Boxeo y en la Comisión Nacional de Atletas del Instituto Cubano de Deportes.
El Gigante de las Delicias o Pirolo, como lo llamaban, conformó el grupo más selecto que ha producido Cuba en materia deportiva en su historia.
Se ha ido el más grande boxeador aficionado de todos los tiempos, pero ha dejado entre nosotros su recuerdo de hombre íntegro, como deportista y como ser humano.
Ciro Solano Hurtado