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Ulises y los escritores jóvenes

19 de abril de 2012 - 07:15 p. m.

¿A qué edad se es demasiado joven para escribir una buena obra literaria? ¿A los 27 años, a los 25, a los 19… a los 15? ¿Fueron demasiado jóvenes al publicar sus primeras obras Wilde, Llosa, Capote… Rimbaud? Es una pugna sin sentido entre quienes a su arbitrio deciden considerarse escritores jóvenes o viejos.

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En Bogotá 39, hace cinco años, se justificó para efectos del certamen que los escritores jóvenes lo eran antes de los 39 años. Una edad a la que Rimbaud había muerto hacía dos, y después de 17 años de abandonar para siempre la poesía. Eso diría escritor joven. En respuesta, escritor viejo aspiraría una gran bocanada de aire y soltaría un extenso monólogo sobre por qué Saramago…

Repito: una pugna sin sentido. El arte y la genialidad se han entremezclado con tan extraordinaria frecuencia, que la larga fila de excepciones haría interminable cualquier discusión cuidadosa. Pero deseo rescatar en esa fila dos de las más curiosas excepciones que he conocido, al menos en el caso colombiano, y que serán presentadas por Collage Editores en esta edición de la Filbo: una autora de 15 años y uno de 9.

Ella es Ana María López, bogotana nacida en 1994, autora de Las palabras que en silencio perduraron, una novela de corte adolescente —que no resta mérito al esfuerzo cuando es organizado— escrita en un año y medio. Y él es Daniel Mauricio Franco, también bogotano, nacido en 1998; escribió su ópera prima, Mr. Grunón, a sus prematuros 9 años, para publicarla cinco años después.

Hasta aquí llega la virtud, que resumida dice: destacados esfuerzos editoriales e individuales. Pero especialmente los individuales, pues si dos adolescentes colombianos, país con bajísimos índices de lectura, optan por escribir una novela extensa, cabe decirnos y después preguntarnos: ¡en algunas partes lo están haciendo bien!, ¿cómo lo estarán haciendo más allá de Bogotá?

El vicio no ha sucedido, pero puede suceder. A estos jóvenes escritores, quienes han saltado hacia el otro lado del indiferente charco de lo inédito, se les aproximan la belleza de las sirenas y su seductor canto. Será el momento para que emulen al sabio Ulises, amarrándose al mástil y aferrando entre sus manos la brújula. Cualquier otro método podría hacerlos perderse en un mar de “incertidumbre”, ese al que fue a naufragar Federico Díaz-Granados, quien hoy, envejecido, continúa siendo la joven promesa de la poesía colombiana.

* Juan Villamil

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